Altiva, observa, dorada y callada,
soñando con dulce arpegio musical.
Las cuerdas guardan su voz delicada
que parece arroyo de canto inmortal.
Se inclina un cuerpo al instrumento amado,
sus manos tiemblan, lo acarician leves,
y un río de cristal, puro y callado,
brota de sus cuerdas en dulces preces.
La mano que tiembla las cuida y roza,
las acaricia y las empieza a mecer;
se inclina la artista, cual blanca rosa,
y la melodía empieza a florecer.
El arpa suena en mística doliente,
y en cada nota surge clara llama,
que dulcemente arrulla al alma ausente
con celestial paraíso que derrama.
El aire vibra en eco enamorado;
arpegios con caricias que se encienden;
susurros en un templo iluminado,
que a los corazones rendidos prenden.
La música marca sonoridades
con notas de rocío que desvela
y el alma, prisionera de esos jades,
loca, llora y ríe en su duermevela.
Sus cuerdas despiertan ecos de brío.
Con brillo de plata resuena su voz,
que hace al alma temblar en el rocío
con sangre vertida, segada por hoz.
Sus notas, suspiros de penitente,
son nube de algodón que al alma llama;
y el eco de su voz resplandeciente
se siente en lo que en sus cuerdas proclama.
Sus notas son rocío que desvela:
no es música, es una luz hecha trino,
que en alas de ángeles al aire vuela,
tejida de eterno canto divino.
Dulce es el arpegio que suave esparce
al aire, perfuma con néctar sutil
y al alma, rota y sensible, resarce
cual barca que danza sobre agua hostil.
Y la gente, al escucharla, es navío
que en mar de lo infinito se consuela,
fundida con lo sagrado y sombrío,
que, con la nota final, se revela.
Música tierna, suspiro del cielo;
sus notas se enredan en ondas de luz;
besan el aire con místico velo,
y en cada silencio aparece una cruz.
Del cielo baja un ángel que consuela;
las sombras con su canto se desprenden
y todo en luz y en música se vela,
si en el arpa las notas se desprenden.

