Paseando por el campo
me encontré una rosa
y me encontré un clavel.
Paseando por el campo
me dijo aquella rosa
despreciando al clavel:
“Soy más roja y hermosa,
más roja que ese clavel,
y me siento orgullosa
clavando mi espina cruel.
Soy la más olorosa;
la más hermosa y más fiel.
Soy la más cariñosa
cuando acaricio la piel.
Soy más roja y hermosa,
más roja que ese clavel;
esa flor andrajosa
que me sirve de escabel.
Soy tan roja y hermosa
que significo ilusión,
y las más candorosas
me llaman flor de pasión.
Mi belleza disputan
piedra, pintura y papel,
porque todos disfrutan
mi aterciopelada piel.
Aunque soy ruborosa
por causar tal sensación,
suspiro dichosa
despertando su pasión.
Y esparciendo mi aroma,
ese embriagador olor,
ayudo a quien me toma
a que consiga su amor.
Abandona ese clavel,
que apaga mi hermosura.
Es como vulgar doncel
que aspira a la fortuna.
Un mendigo que pide
a la más bella rosa
que su pobreza olvide
para ser de él esposa.
Abandona ese clavel
y llévame a tu esposa.
Aunque te parezca cruel,
preferirá una rosa”.
Paseando por el campo
me encontré una rosa
y me encontré un clavel.
Paseando por el campo
concluyó la rosa
y contestó el clavel:
“Que desprendes encanto,
¡Cómo no lo he de saber!,
aunque me das espanto
cuando de mí hablas tan cruel.
Tú eres rosa y yo, clavel.
Tú reluces hermosa
con mortaja de papel,
vestida andrajosa,
que es lo que le va a tu piel.
Yo reluzco en el ojal
de los hombres con chaqué.
Yo reluzco sobre el chal
y en mantilla de piqué.
Soy alegre cascabel
que luce y desenfrena,
no temible Jezabel
que la fiesta cercena.
No soy rosa; soy, clavel.
Y, si no soy hermosa
dibujada en un papel,
soy la flor más airosa
desprendida de un vergel.
No te inquietes…, que acabo
mi desprecio de tejer,
porque, al fin y al cabo,
sólo eres una mujer.
Están rojos de agravio
los colores de tu piel,
para mayor escarnio
de quien luzca tanta hiel.
No eres flor más hermosa
por llamarte ‘de pasión’,
ni eres flor más olorosa
por despertar ilusión.
Sólo se es flor hermosa
si se tiene corazón,
y tú, como eres rosa,
no tienes ni compasión.
Eres rosa y no clavel.
Si tú eres rosa roja,
yo soy flor de bermellón,
no flor que se sonroja
por despertar la pasión.
Rubor que no enaltece
por sentir una pasión,
no es rojo que ennoblece,
es color de frustración.
Y si te desmerece
parecerte al bermellón,
sé sangre que merece
despertar a compasión,
no de color de rosa
que es color de ilusión,
sintiéndote orgullosa
de engendrar desilusión.
¡Clávame tus espinas
dentro, en mi corazón,
y saldrán serpentinas
sin ninguna ostentación!
¡Clávate tus espinas
dentro, en tu corazón,
y verás las mentiras
de creer una ilusión!
¡Mírate en el espejo
que oculta tu corazón!
Es bello tu pellejo
cual vacío cascarón,
pero le falta aquello
que despierta la emoción:
el sentimiento bello
de olvidar la ostentación.
Quieres lucir hermosa
sobre bordado mantel
y eres fea y odiosa
por envidiar al clavel.
¿Ves cómo tengo razón?
Ya no eres flor hermosa,
pues te mata la pasión.
Eres una andrajosa
que vive de una ilusión.
Eres una mendiga
que era hermosa, pero cruel.
Eres una mendiga
que suplica a un clavel.
¿Ves como tengo razón?
No suspiras dichosa
por despertar ilusión;
suspiras como esposa
que no sacia su pasión.
Aroma que declina
con gran desesperación
porque tiene una espina
clavada en el corazón…”
Paseando por el campo
me encontré una rosa
y me encontré un clavel.
Regresando del campo
entregué aquella rosa
y me guardé aquel clavel.
¡Pobre rosa!
Quiso lucir hermosa
en búcaro de cristal
y murió presurosa
en vaso de vil metal.
¡Pobre clavel!
Lució en ojal fatuo
de un joven pendenciero,
hasta sentirse vacuo
y morir prisionero.
¡Qué triste fue la historia
de la rosa y el clavel,
creyendo alcanzar la gloria,
olvidaron su papel!

