Carta a la mujer que el alma sueña

Mujer, si al verte mi voz se detiene
y mi ser tiembla al borde del suspiro,
es que en el alma entera me inspiro
y el miedo a perder tu amor me contiene.

Qué no daría por un beso tuyo,
que tus manos acariciaran mi piel,
que al mirarme no me miraras con hiel
y no hablaras con la inquina que intuyo.

Cuando pienso que estás en mi vecindad,
aunque tu alma aún esté en la lejanía,
mi corazón nota esta cercanía
y la alegría explota en mi intimidad.

Un no vivir dentro de mí se agita,
y hace que yo viva y muera para ti.
Eres fuego de pasión dentro de mí,
con tu imagen que en mis sueños habita.

Pensar en ti me sume en la inconsciencia
y al imaginar tus trémulos labios,
yo me olvido de los consejos sabios
con los que se atempera mi impaciencia.

Suelo suspirar con cálida pasión,
para descubrir comunes anhelos
que te lleven mis suspiros en vuelos
y sepas cómo te abro mi corazón.

Emocional deseo pretendido
de tu cercanía y fuego abrasador,
que del amor es galante embajador,
del susurro enamorado y sentido.

Perdona este descaro de mi parte
y deja tu personalidad fuera,
para que el corazón de amor no muera
y al sentir este engaño no me aparte.

Esta confesión de mi amor y anhelo,
llena de mis suspiros cadenciosos
que fluyen en profundos ensueños,
sólo intenta disipar mi desvelo.

Tú eres luz que en el alba me redime;
la dulce sombra que impaciente espero;
eternidad de un instante que quiero;
la voz que con sus silencios me oprime.

Deseo fundirte con mi impaciencia;
que de amor estés a punto de llorar;
que al sentir mi angustia te obligue a gritar,
porque el amor también tiene conciencia.

Con tus leves pasos pareces volar,
pues al caminar no se sienten tus pies.
Quiero que tu mano acaricie mi piel
y que exploten mis entrañas con su hilar.

Si imaginaras lo que el pecho siente
cuando tu risa cruza mi memoria,
esa sonrisa, aurora de mi historia,
sabrías que en mi pulso estás presente.

Cuando tú ríes, tiembla mi existencia,
se enciende el cielo y calla mi tormento;
mi amor te sigue puro, como el viento
que al rozar una flor deja su esencia.

Tu voz es la oración que me consuela,
la música del alma en mi destino;
y en cada sílaba hallo mi camino,
como el mar halla a Dios bajo su estela.

Te amo con una sinrazón sincera,
como ama la fuente al claro manantial,
como ama la llama al aire angelical
que aviva su candor y la libera.

Te amo sin tiempo, ni razón, ni causa;
como ama el mar la orilla que lo hiere;
como el poeta al verso que nunca muere;
como la flor al viento que la arrasa.

Yo te daría todo cuanto tengo;
sacrificaría mi vida por ti.
Y no pienses que al decirlo te mentí
al sufrir y reír mientras lo mantengo.

Tú apareces y dejas en suspenso
un mundo que sin ti se desvanece;
parece que tu paso me adormece
y el aire en tu perfume se hace intenso.

Tú eres mi amor, mi noche y mi alborada;
la paz que imploro, el bien que me sostiene;
si mi verso te nombra, amor, contiene
toda mi vida de ti enamorada.

Eres mi fe, música y despedida;
la paz que anhelo y el temblor que adoro;
si te pierdo, te busco y lo deploro;
si tú no estás, te invento en cada vida.

Al escribirte me tiemblan las manos,
sumergidas en dudas e impaciencia,
porque al pensarlo pierdo la paciencia,
e imagino estos requiebros muy vanos.

Te escribo esto con intenciones puras,
dejando en cada letra mi latido
por lo que mi corazón ha sentido
si con tus ojos, al leerme, me arrullas.

Y si, al fin, un día lees esta carta
y en su arrullo tu corazón se abisma,
sabrás que en cada línea eres tú misma
y existe un corazón que se desgarra.

Pues, si al final tus ojos me buscaran
y en mí hallaras temblor y poesía,
vivirías con mi propia alegría.
¡Tómame, amor! que en ti mis horas paran.

Acércate, rompe nuestra distancia
y deja que tu piel sea mi camino;
me envuelva en su temblor más cristalino
y el mundo se rinda con tu fragancia.

Ven, que en tus labios nace mi fortuna
y en tu abrazo girará el mundo entero;
no habrá ni más hielo, ni amor austero;
si tú me amas, yo alcanzaré la luna.

Cuando sienta tus labios en mis labios
y un dulce beso nos una a los dos,
nuestras almas dejarán de ser dos
y mudarán en corazones sabios.

Y, a tus pies, yo seré tu siervo más fiel,
como un amante único y perdurable,
que sufrirá tus caprichos amable
y te acariciará amoroso la piel.

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