Capitán pirata

Fiero capitán pirata
preside muy serio el puente;
con voz que ruge imponente,
a los piratas maltrata.

Melena de sal y brea
le cae hasta el pecho en furor;
ojo de vidrio, sin calor,
parche que al mundo recrea.

Trapo que oculta al muerto dios,
da fiereza al viejo lobo,
y autoridad para todo
en este navío sindiós.

Sombras en su rostro bestial,
con mirada de brillo hostil,
en movimientos de reptil,
con un gesto duro y glacial.

Barba hirsuta en rostro feroz,
con un arete en oreja
y una cicatriz pareja,
larga como rayo veloz.

Cicatriz viva en su faz cruel,
curtida tras la tempestad;
nariz de gruesa majestad,
colorada como un infiel.

Boca desdentada de ron,
con risa de lobo y rencor,
en una gruta de dolor
con podrida lengua marrón.

Su pata de palo, al paso,
cruje la tabla del terror
y la cubierta con rencor,
cuando se acerca el ocaso.

Garfio en la izquierda, frío y fiel,
acero de beso feroz,
que reza a muerte sin pudor,
si se clava en alguna piel.

Bota ominosa, paso gris;
casaca al viento, rojo honor;
con manchas de grasa y sudor
y zurcidos como un país.

Puñal ceñido al cinturón;
sable presto a desenvainar,
que clama poder degollar
liberado de su prisión.

Pistolón negro, viejo juez,
ceñido muerde la faja,
mientras su tronar baraja
con un sonido de almirez.

Gorro de muerte con huesos,
blasón de tibias cruzadas,
en manto negro encaladas
de un bicornio con excesos.

Cuando su voz rompe la mar
parece un trueno en combustión;
no habla, embiste con expansión
que hasta la mar hace bramar.

Grita órdenes con su voz de hoz,
a caras de horca y maldición;
reza blasfemias al timón
y golpea como una coz.

Su nave, hacia el horizonte,
corta el viento con sus velas
y abombadas entretelas,
sin barco que los afronte.

Cruje su largo bergantín,
vientre de roble y corazón,
al surcar la mar sin perdón
y alcanzar su incierto confín.

Ruge la mar como un chacal
cortada por el navío;
ríe la noche con brío,
iluminada por fanal.

Cantan promesas de botín;
siete mares ven su sombra,
fama que la mar alfombra
con jarras de ron y festín.

Cañones en sus troneras
piden su presa y el fragor;
perros hambrientos de furor,
que ansían sangre y quimeras.

Al timón, un tuerto viejo
reza con salmos de alcohol
contra la luna de charol,
observando su reflejo.

El contramaestre da órdenes,
que imparte con gritos de ron
y blasfemias sin ton ni son,
para avivar los retenes.

Caras de horca y podredumbre,
miembros cortados y muertos
entre combates y entuertos,
beben ron hasta la cumbre.

Son manos y ojos perdidos,
almas remendadas con ron,
hombres rotos sin corazón
por bebida bendecidos.

Beben noches, muerden lunas,
cantan su fiebre en coro atroz,
buscando un combate feroz
para calmar sus hambrunas.

Los mares cruzan sedientos
buscando sangre y resplandor,
tesoros, gloria y esplendor,
que borre sus sufrimientos.

Allá una vela tiembla en paz,
presa dormida, craso error;
pronto conocerá el horror
de persecución pertinaz.

Ellos izan su bandera,
como señal de un funeral:
calavera en fondo mortal,
con su osamenta intemporal.

Se colocan al costado,
abren todas sus troneras
y asoman sus bocas fieras
con cada cañón cargado.

¡FUEGO! El cielo se hace astillas,
truena el costado en combustión
con una continua explosión,
que corta como cuchillas.

Relámpagos que desgarran
maderas y cuerpos vuelan,
velas y mástiles sangran
en charcos que todo embarran.

Las maderas gimen, gritan;
arde la fe, muere el perdón
con sangre, fuego y oración
que la cubierta desgarran.

Todo el navío tiembla al fin;
cruje el abordaje feroz;
arpones, vocerío atroz;
tirolesas entre el hollín.

El abordaje es un rayo,
con sable y garfio en vendaval;
dictando sentencia mortal
en asalto de cipayo.

Crujen huesos, brota el grito,
la sangre escribe su cantar;
llueve el terror sobre un altar
en sacrificio del rito.

Miembros caen por la borda;
la gente se ahoga en la mar,
color tinta de calamar,
con rezos muertos en horda.

La defensa es poca y pobre
frente a piratas en llamas
que escupen sangre con flamas
rebuscando en cada cofre.

El otro capitán cae
con Dios mordiéndole la sal,
rezando una oración vital
que su agonía distrae.

El mar se traga alaridos
cuando se ahogan sin perdón.
Las armas muestran rendición
con la matanza de heridos.

Huele a pólvora, tripa y sal;
el alba tiembla de rubor
sobre la sangre y el sudor,
la muerte y el botín final.

En cubierta hay fuego y humo;
ron y sangre sellan pactos,
y en los más brutales actos,
surge el saqueo de turno.

Y, al fin, calmado el oleaje,
el cielo y el mar se aquietan,
pues su victoria respetan,
y empieza el peregrinaje.

Se duerme el fuego, vivo horror,
bajo un sol roto en resplandor,
rey sin corona del pavor,
que observa apagarse el fragor.

El pirata se retira,
mientras su víctima se hunde;
y el mar la acoge y la funde
en su lecho, que aun suspira.

Vira hacia el viento y se aleja,
leyenda viva en las aguas,
ya como apagadas fraguas,
lisas como una bandeja.

La mar lo mece, cual madre;
calla el cañón, reposa el son;
leyenda, trueno y maldición,
que con su abordaje pudre.

Navega hasta el horizonte
con ojo muerto y alma en flor,
buscando víctimas y horror
que su navío confronte.

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