Bajo tierra; sólo y en la negrura;
escondido en una bóveda dura,
con un cielo raso que me tortura
pues representa eterna arquitectura,
vivo bajo la tierra sepultado,
bajo un techo tan alto como el miedo,
donde el ruego sube y desciende el credo,
y nada ilumina el suelo empedrado.
La luz, enferma, apenas se apresura
desde un diminuto y sucio tragaluz;
hieren sombras y quiebran su escasa luz
el viento y la lluvia con desmesura.
Del alto tragaluz, sucio, enrejado,
cae un hilo de día, turbio y quedo;
la lluvia entra sin ley ni freno alguno,
y el frío azota al cuerpo desnudado.
La pared está húmeda y es oscura,
desportillada y muy poco segura;
el moho escribe su verde escritura
en las fisuras de profunda hondura.
El recinto, con moho y cicatrices,
conserva nombres rotos y oraciones
que alguno cinceló en lamentaciones,
memento de cautivos infelices.
Son palabras con una vieja hechura,
de nombres olvidados y fe impura;
son lamentos gritados sin censura
por alguna otra antigua desventura.
Aquí no hay más que piedra y maldiciones,
grabadas con las uñas y con raíces,
dejando en la pared las cicatrices
de viejas y olvidadas convicciones.
Mi larga cabellera es desventura,
auténtico nido de vil criatura;
barba sucia, como la noche oscura,
tapando un rostro ajado, sin ternura.
Soy como un esqueleto caminante,
sólo piel cubriendo mis pobres huesos
que, al soportar tan brutales excesos,
está lleno de amargura agobiante.
Estoy solo con penitencia dura.
Desnudo frente al frío y su premura,
no tengo ni un harapo que asegure
prenda tibia que cubra mi figura.
Me pasan pan por puerta diminuta,
a ras del suelo, fría como injuria;
media jícara de agua siempre turbia,
rutina vil que al hambre no disputa.
Por el suelo, una pequeña abertura
con una puertecilla baja y dura
por la que me pasan toda su hartura
y que apenas sostiene mi amargura.
Ésta es mi única medición del tiempo;
así reconozco pasar los días
y marco junto a otras estadías
unos palotes como pasatiempo.
Cada día, su rutina y penuria:
un mendrugo de pan en triste usura,
entregado por una mano impura,
con media jícara de agua muy turbia.
La apuro con la lengua torpe y burda;
mi voz se oxida en su seca penuria;
no hablo hace años, salvo con mi locura,
o a una rata que escucha y no me juzga.
Aunque sea una pequeña criatura,
es mi rata fiel con su gris figura
y comparte mi pan con su ternura,
mientras me examina con gran premura.
Me escucha atenta, como buena alumna,
y oye mi charla para estar segura,
pero nada convencida censura
y mueve el hocico en señal de hambruna.
Trepa hasta mi hombro, rápida y segura;
se atusa los bigotes con premura,
y yo la observo con mucha ternura,
viendo cómo aguarda mi chifladura.
Parto el mendrugo: ella come primero;
me mira como se mira un dios caído;
y yo le cuento el sol que ya he perdido
con acento bastante lastimero.
Hablo solo sobre vida futura;
me imagino estar en otra andadura,
en campo abierto, el mar y la llanura,
con un cuerpo libre y mi piel segura.
A veces, travieso, me río solo
y, con mucha soltura, ella me roba,
a pesar de que mi risa la emboba,
pues aún me queda humor en la amargura.
Mas esta eterna noche, lenta y dura,
me envuelve en su dolorosa factura.
Vida y muerte, todo es la misma usura,
que me disputan hasta la cordura.
“Come, amiga”, yo apenas la murmuro
con voz seca que rompe la oscuridad;
“si te quedas después, sin necesidad,
yo no me sentiré tan inseguro”.
“Eres la compañera que perdura,
y lo haces por semejante basura.
No te importa que su miga esté dura,
sólo conseguir esta cebadura”.
“Algún día —le digo—, iré al sendero
donde el cielo es azul y no un gemido.
No temas, que te llevaré conmigo,
y yo volveré a ser un hombre entero”.
Hay un cubo para mi podredura,
con el hedor fijo de vil basura;
sólo una vez por semana lo apuran
y deciden llevarse su negrura.
Defeco en él toda mi podredumbre
y su hedor me recuerda dónde estoy, pues
lo vacían apenas tiempo después,
según vean o tengan por costumbre.
Un poyete de piedra que perdura
es mi única cama y es mi armadura;
es mi mesa, mi trono y sepultura,
todo en uno, como una ruina impura.
Mi cuerpo es sólo hueso y piel herida,
con llagas que no sangran, sólo gritan;
los dedos, negros, tiemblan y no guardan
ni rastro de la forma de otra vida.
Dedos negros, tintos en sangre impura,
con una llaga abierta que perdura
en mi piel de hueso con forma dura,
pura muerte, aguardando su envoltura.
Un grillete gobierna mi partida;
la cadena es ley muda que me añaden;
mis pies, con uñas largas, ya no saben
si el suelo es cárcel o fosa extendida.
Un recio grillete de fría hondura
me muerde en el tobillo y lo asegura
con una cadena, cual fiel censura,
clavada en el muro de mi clausura.
Aquí el hombre se muere entre la herrumbre;
se mide por cuánto aguanta sordidez,
penumbra, hedor y su tiempo en languidez,
sin ver algún mundo que lo deslumbre.
Pies destruidos sobre una tierra dura;
uñas largas, con una curva oscura
que a cada paso me dan mordedura,
pues la misma piedra se lo procura.
Mis ojos apenas ven en penumbra,
aunque ya lleve tiempo en este encierro;
y mi lengua en su luto va de entierro,
quebrada por una sequía impura.
Mas vivo. Y eso es canto y desafío.
Sueño campos, mar libre, luz abierta;
la esperanza es un golpe en esta puerta,
sonido de llaves que desconfío.
Si salgo, amaré al sol como la huerta;
si muero, lo haré humano y no vacío.
Mi cuerpo no cede, sigue con brío,
aunque su carne ya esté seca y muerta.
Si algún día veo una luz segura
que rompe los muros y rompe herrumbre,
saldré al mundo como nueva criatura,
con el cielo y el sol como armadura.
Y, si al final prosigo en esta hondura,
que este llanto y soledad que perdura
llene mi amor terco con fe que dura,
siendo libertad frente a la clausura.

