A mi padre le he de decir
que pronto dio sepultura,
como quien tira herradura,
cuando aún me quedaba vivir.
¡Sí! Me diste sepultura
cuando aún continuaba viva,
negando existencia esquiva,
borrando toda lectura.
Papá, me borraste viva
con un gesto calculado,
me sacaste de tu lado,
herida y sin perspectiva.
No gritaste ni explicaste,
fue peor; fue tu decisión;
trocaste en una negación
todo lo que antes nombraste.
Me quitaste de tu vida,
de tu sangre y de tu fe;
sin entierro me quedé
en esa, tu paz herida.
Me echaste cual mueble viejo,
que se tira a la basura;
y lo hiciste con premura,
sin mirarte en el espejo.
Padre, me borraste viva
de tu sangre y de tu vida,
me dejaste por perdida
con tu mano destructiva.
Me enterraste sin entierro,
sin palabras y sin razón;
y me cerraste el corazón
como se clausura un hierro.
Cerraste puertas y nombre
hasta expulsarme de tu ayer.
Para tu ego dejé de ser
parte de tu sangre de hombre.
Nunca me amaste de verdad,
aunque ahora digas que sí;
siempre me alejaste de ti,
sin brindarme alguna amistad.
¿Cómo digo: padre o papá?
¡Tanta es nuestra lejanía!
Nos falta melancolía;
nos falta la unión de mamá.
Padre, te reprocho sin voz,
desde mi rencor, tan feroz
como el castigo fue de atroz,
patada fuerte como coz.
Me consideraste muerta,
convertiste en polvo, nada;
soy silencio, la ignorada;
para ti, como hija yerta.
A otras hijas sí las miras,
las sostienes, las defiendes;
yo aprendí lo que no entiendes:
también morimos a tiras.
A otras hijas sí las nombras,
las defiendes, las celebras;
yo no existo si las miras;
yo soy sombra entre tus sombras.
A otras hijas sí las llamas,
las mencionas con orgullo;
yo aprendí mirando el tuyo:
sé que ni un favor reclamas.
Por otras hijas suspiras
con pulso de atardeceres;
yo no sé por qué las quieres
y a mis hijos ni los miras.
Mis hijos no cometieron
ni un error ni alguna traición;
los borraste por extensión,
por ser hijos sin tradición.
Mis hijos quedaron fuera
de tus gestos y de tu voz;
no les diriges ni un adiós,
ni memoria verdadera.
Tus nietos no se merecen
tener tu nombre ni tu voz;
si te cruzas con ellos dos,
ni siquiera te estremecen.
Te reclamo en pensamiento,
y te confronto sin hablar;
mas tú me vuelves a negar
con firme distanciamiento.
Te discuto en pensamiento;
yo te acorralo con mi voz,
y tú respondes siempre en pos
de tu férreo aislamiento.
No corriges, no revisas,
no permites ni una grieta;
prefieres verme violenta
antes que asumir premisas.
Nunca cedes, nunca llamas,
no te dobla mi quebranto;
prefieres vivir sin llanto
antes que escuchar proclamas.
Discutes, si en mi mente hablo,
y respondes: “ya no cedo”;
me lo repites sin miedo,
y yo me rompo y no te hablo.
Tú me obligaste a comprender
que antepones tranquilidad
a oír a tu hija con piedad,
que suplica hacerse entender.
Yo cargué con esa culpa
que tú jamás me explicaste;
me juzgaste y sentenciaste,
sin recurso ni disculpa.
Te hice padre cada día,
te cuidé desde el afecto;
tú rompiste ese vínculo
con rencor que no existía.
Te discuto en mi cabeza,
te reclamo lo que ayer fui;
tú me respondes siempre así:
“no me dobla tu tristeza”.
Yo te digo lo que callo,
lo repito hasta romperme;
tú decides no atenderme,
como un error, que no un fallo.
Nunca cedes, ni reclamas,
nunca cruzas este abismo;
prefieres tu fanatismo
a observarme entre las llamas.
No hay palabra que regrese
lo que un día desataste;
me negaste, me borraste,
sin que nadie lo sopese.
Nunca habrá palabra puente,
seguirá la herida queda;
nada cambia, todo rueda,
sin perdón, indiferente.
Yo te grito lo que callo,
yo me rompo al recordarte;
tú decides apartarte,
como se abandona un fallo.
No hay perdón que se pronuncie,
no hay regreso ni clemencia;
tu silencio es la sentencia
que mi tragedia denuncia.
Tú me quitaste lo que fui,
lo guardaste en tu condena;
yo heredé sólo la pena
de ser tu hija y no ser de ti.
Hoy ya no grito ni espero,
ya no insisto en algún perdón;
me quedé sin mi corazón
por rogar a un altanero.
Hoy ya no busco respuesta,
ni justicia, ni una razón;
ya me rendí a tu decisión
de nunca verme en tu mesa.
No me queda rebeldía,
sólo un hueco sostenido;
tu silencio me ha vencido
más que cualquier agonía.
Y aun así cargo tu nombre
como una culpa heredada;
soy esa hija descartada
que tu orgullo descompone.
Ya me callo, no reclamo;
ya no persigo tu querer;
soy esa hija que aprendió a ser
huérfana mientras aún te amo.
Esto acaba como empieza:
tú sin hija, yo sin padre;
yo con llanto sin que cuadre,
tú con fría fortaleza.
Así acaba esta batalla:
tú sin hija, firme y solo;
yo cansada, rota en todo,
aprendiendo a ser muralla.
Así te grito en mi mente,
y así me quedo, vencida:
con un padre que me olvida
y una pena permanente.

