Odette es el cisne blanco
que de puntillas danzará
lo que en el compás tocará
con sus violines en llanto.
La fuente en luz empieza arder,
el agua asciende al suspirar,
los violines quieren llorar,
cuando el cisne empieza a nacer.
Con su lenguaje corporal,
muy vulnerable, etéreo,
y música en estéreo,
empieza a danzar natural.
La bailarina comienza
muy leve sobre las puntas,
temblando las piernas juntas,
correteo de esperanza.
Pasos cortos, deslizantes,
como flotando sobre agua
o llamas en una fragua
y alas en brazos mutantes.
Sobre las puntas, roza el ser
del aire al intentar volar;
sus brazos, alas al temblar,
y el cuello aprende a creer.
Los brazos eleva en alto
desde abajo, alineados,
floreciendo hacia los lados
con los codos en asalto.
Muñecas y dedos tiemblan,
imitando plumas vivas
y cabezadas dormidas
que, sobre su hombro, se mezclan.
Con una mirada esquiva,
nunca de forma directa,
como animal en alerta,
miedo sin alternativa.
Cruza su pie por delante,
gira y gira sin caerse;
brazos abiertos sin verse
en cada vuelta en volante.
Y cruza otro pie por detrás,
con su punta en fragilidad;
desconfianza y habilidad
en agitada danza audaz.
Con sus puntas roza el lugar,
con las alas de ave al volar
o mariposa al suspirar,
y su cuello firme al mirar.
Gira y gira sin lograr ser,
el tutú firme al circular;
una pierna alza al recular,
como garza al amanecer.
El tutú resiste al girar,
con pierna de garza alzada,
sobre un solo pie asentada,
su diadema ha de coronar.
Sonríe, aunque empiece a doler;
fuego en los dedos al danzar;
mar y cielo de imitar
y la música la hace arder.
Sonríe y su dolor calla;
sus pies arden al danzar más,
cual mariposas al compás,
cuando la música estalla.
Pas de bourrée continuo,
donde los pies no se paran
y las vueltas se disparan
en un giro perpetuo.
Su cuerpo juega a deslizar
sin realizar esfuerzo;
brazos cruzados al pecho,
señal de paz en el bailar.
Como protección de su fe,
pronto, en gesto contenido,
abre en aire distendido
como si sirviera un café.
Da pocos, pequeños, cortos saltos,
con caída silenciosa,
como cae una idea ociosa
de aquellos que no hacen tratos.
Ahora hace su entrada en puntas,
con tutú negro fundido
y arabesco sostenido,
Odile, el malo en disputas.
Eleva una pierna detrás,
inclina el torso delante,
extiende brazos galante,
alas que despliega fugaz.
Equilibrios prolongados,
manteniendo la posición
en tiempo de una petición,
y movimientos cuidados.
Con giro y piruetas suaves,
lento, inspirado, se mueve,
mientras la razón conmueve
en aterrizaje de aves.
En el aire se sostiene
en un giro refrenado,
con un control bien pensado,
que respiración contiene.
El cuerpo lo inclina hacia atrás;
después lo inclina hacia un lado,
desfallecimiento alado,
con su debilidad agraz.
El partenaire la sostiene
como una caída asistida,
desvanecida y perdida,
que su llanto no contiene.
Sólo danza el cisne blanco:
con ondulación de brazos,
suben y bajan abrazos
sin abandonar su flanco.
Con sus codos los agita;
flexiona el torso de frente;
lo inclina lateralmente;
como esas olas que imita.
La cabeza, siempre blanda,
prosigue su movimiento.
Pies rápidos, cuerpo lento;
reverencia que demanda.
Los pies trabajan en puntas
con el cuerpo suspendido.
Ahora el cisne, detenido,
danza erguido con sus plumas.
Cuerpo recto, pecho abierto.
Muy altiva y desafiante,
con movimiento cortante,
en giro rápido, experto.
Las alas ya no le tiemblan;
imponen giros rápidos,
múltiples y sofocados,
que su calma le destemplan.
Su pierna gira en vértigo,
con torso firme y vertical;
cada giro es más radical,
como azote de un látigo.
Saltos con mayor impulso;
guerra en los aterrizajes;
se pelean dos plumajes
para mantener el pulso.
El tempo comienza a ceder,
como ondas lentas sobre el mar;
las aves dejan de cantar;
el cisne recuerda el ayer.
La cabeza gira al no ver
que el final ya quiere llegar;
las alas pesan al temblar
y la noche empieza a caer.
Llega tragedia y pureza,
movimientos descendentes;
los brazos caen clementes,
y el cuerpo pliega dureza.
El vuelo, más bajo y frágil,
con un último arabesco
de cisne herido y grotesco,
y Odette se queda inmóvil.
Se muere el cisne al descender,
el lago oscuro al respirar;
gran écart en su quebrantar,
el pecho al muslo va a caer.
Se muere el cisne al suspirar,
y el lago en su sombra al temblar,
con las piernas aperturar,
con el pecho a su pie buscar.
Silencio… nadie osa creer;
el arco deja de vibrar…
La última nota, al tardar,
consigue al alma estremecer.
Entonces ruge el gentío,
el aplauso rompe en clamor,
las flores vuelan con amor
y el cisne cae en rocío.
Truena el teatro con un grito,
los músicos salen a honrar,
las flores llueven al pasar,
y ella genuflexa en rito.
Subsiste un dulce palpitar
de pena y miel al recordar
la diosa humana que, al danzar,
al cisne eterno hizo soñar.
Reverencia de agradecer,
cual reina humana al saludar,
que acaba en dulce y cruel pesar
y en cisne que acaba de arder.

