Entro, miro y cuelgo
mi abrigo en el perchero,
parece un jamelgo
en carro del lechero.
El aula está llena
de voces en cadena,
de vocinglería plena,
que ensordece y apena.
Pupitres desgastados
por tiempos olvidados,
profesores denostados,
compañeros despreciados.
El ventanal reluce
con su tapiz asoleado,
que en el aula produce
algún que otro sombreado.
Oscuro encerado,
con rayones de tiza,
para algún enterado,
si alguien no le atiza.
Hojas desdibujadas
por la goma de borrar,
libretas apretadas
para dinero ahorrar.
Lapiceros mordidos
de puntas afiladas,
en momentos perdidos
de aventuras pilladas.
Cerviz arrodillada
por castigo obligado,
que en rebeldía brillaba
por querer ser letrado.
El volar de una mosca
a todos nos distrae;
su vuelo nos amosca,
y al profesor retrae.
Así es nuestra aula:
parece una clase,
aunque es una jaula,
con tiempo de desfase.
Finaliza el martirio,
la turba va al comedor,
tendrá su refectorio
para el no conocedor.
Sentados a la mesa,
con los vasos golpean,
aguardan a su presa,
el plato que esperan.
De primero, sopita;
quema como soplete,
pero el hambre no quita
ni a monjes del templete.
Al acabar la sopa,
filete con patatas;
la alegría desborda
para algún papanatas.
Buscamos carne frita.
¿Dónde está el filete?
¡Bajo la patatita,
con salsa de retrete!
La pera es de compota,
por lo pasada que está,
algún gusano aporta,
por la carne que no está.
Tocan a levantarse,
la pitanza se acabó,
la ropa estirarse,
la comida terminó.
Si el estómago ruge
con ruidoso estertor,
deporte con empuje
y patadas alrededor.
De vuelta en la clase,
con su aburrido sermón,
aguardamos que pase,
y termine el chaparrón.

