Cascabel al frente y gorro de colores,
baila el saltimbanqui, con risa exultante;
danza frente al espejo lleno de soles,
para presumir de su arte deslumbrante.
¡Que todos abandonen sus amarguras!
El bailarín del chaquetón de retales
danzará para devolver sus corduras,
burlándose de tristezas inmorales.
Danza el bailarín, con volatín brillante;
se dobla, se estira, se enrosca en el aire
con gorro de puntas, cascabel sonante;
un pie lo sostiene y otro huye al desgaire.
Salta en punta y se carcajea del suelo.
Gira al vuelo, da tres vueltas, cae de lado,
como un arcángel expulsado del cielo,
y se eleva como un dios descoyuntado.
¡Excelente, bravísimo, caballero!,
se aplaude con su propia sonrisa hueca,
y el cristal del espejo, socio embustero,
le devuelve con ironía la mueca.
Hace lazadas y nudos con las piernas;
en sus manos, volatines en un dedo,
que al estar trenzados semejan cavernas
en un relámpago que destruye el miedo.
El espejo ríe su baile parlanchín,
se burla del mundo con gesto farsante,
da vueltas, volatines, cabriolas sin fin,
como si tocara en el suelo a su amante.
Ríe siempre como río desbordado,
gesto desquiciado y risa adolescente,
con cabriolas mil en círculo bordado,
con una discreta música envolvente.
El espejo, cómplice de su alegría,
observa cada uno de sus movimientos
y el aire se arrodilla ante esta poesía
de ilusiones y felices sentimientos.
“¡Saludos, mortales! ¿Envidiáis mi gloria?
Viéndome, olvidáis males y memoria.
Olvídense de sus deudas con euforia;
yo doy vueltas en el aire como noria”.
¡Qué farsa tan seria su eterno gimoteo!
Aplaude la nada, la música insiste.
¡Qué máscara alegre del propio mareo!
Gira y salta, mientras el mundo resiste.
“Miren, voy como cuerda de una guitarra;
con tres volteretas les robo el infierno,
y, si estás serio, te hago mueca bizarra,
hasta conseguir tengas gesto fraterno”.
El espejo observa, como rey sin cetro,
más sonriente y burlón que cualquier clérigo
cuando te pone cuernos en el féretro,
mientras rezando dice: “yo te bendigo”.
“Suenan unos violines encantadores.
Tocan flautas invisibles el carnaval;
y yo ejecuto mis saltos soñadores,
repitiendo siempre el mismo ceremonial”.
“Yo giro hasta que te marees de pensar.
Salto en el aire y caigo de costado.
Prefiero hacer cabriolas, el aire trenzar,
y que la música acabe su reinado”.
Porque el loco, en su baluarte no es el rey,
sólo un muñeco en una caja musical.
Si la cuerda acaba en objeto de carey,
sólo queda un bufón dormido en su cristal.
Cuando el resorte se detiene, cansado,
queda la caja en silencio, apagada;
mueren las notas y se cierra el teclado;
el loco descansa, muñeco sin nada.
El telón cae, se doblega la locura;
el danzarín se recuesta desinflado,
dormido y prisionero de su figura;
la cuerda gime con estertor cansado.
Cesa la melodía, calla el cascabel;
el danzarín se desploma sobre el retén
y, al cerrarse la tapa sobre su escabel,
deja al loco sin su música ni desdén.
Era una caja de música de alambre;
sin darle cuerda, calla la melodía,
y, al cerrarse la tapa, muere el enjambre
de la música y bailes con su armonía.
La función acaba, aplaudan mientras puedan,
que el loco ya no baila al ver el espejo;
sin cuerda, los engranajes ya no ruedan,
pero en el interior queda su reflejo.

