Con las piedras llenas de verdín
tachonando tu lecho y suelo,
riegas la huerta y el jardín
con el más enconado celo.
Y, en el arrullo poderoso
del restregar de pedregales,
tu ruta jalonas donoso
enluciéndote de trigales.
Corres saltarín y garboso
por las hondonadas y valles;
doblas el recodo umbroso
entre bosques, campos y calles.
Y con turbulentas aguas
llenas de espuma cabalgas,
para terminar devoradas
en ese mar que tanto ensalzas.
Río que tanto andas,
¿por qué corres a tu desgracia,
marchando hacia el mar en volandas,
si allí muere toda tu gracia?
Detén tu correr majestuoso
si no quieres morir pronto.
No devores tempestuoso
el corto vivir de tu impronta.

