Silencio ominoso

El silencio es como un profundo abismo,
donde nuestra mente se ahoga en sí misma,
con desasosiego, hondura y cinismo,
por estar el cuerpo y el alma en cisma.

Ominoso, despierta imaginación,
la llena de quiméricos peligros,
de nervios, impaciencia, marginación
y el estruendo callado de enemigos.

Es bello hasta causar desesperación,
hasta que el tiempo nos llena de angustia,
nuestra soledad es abominación,
y el corazón poco a poco se mustia.

Como frágil eco oculto en la mente,
nos punza el alma muda e impaciente
con una angustia y terror, diferente
en su reflejo atroz e indiferente.

Es como humo que a la mente se prende;
reptante reptil en rincón oscuro
que en lento tiempo al corazón ofende,
eternizando un soplo breve y duro.

Tiene una voz, sin sonido o clemencia,
que envuelve como un manto al pensamiento;
en él, la mente pierde su coherencia
y el alma se consume con tormento.

Estruendo silencioso sin audiencia,
que oprime en dolor a cada momento
con su sombra que impulsa la impaciencia
y al alma atrapa en su sentimiento.

No hay sonido, viento, ni voz temprana,
sólo un vacío inmenso, retenido,
donde el reloj, con saña sobrehumana,
mide los pulsos del mortal vencido.

Sensación de soledad en abismo,
con horas que gotean inhumanas
en lento pulso, frágil en sí mismo,
mientras el tiempo enmudece campanas.

En el aire resuena, aunque no suene,
instante eterno que calla latidos;
la calma espesa ruge, no contiene,
y un fragor sordo enciende los sentidos.

Eco y presagio que la mente agreden
con sudor y nervios que el cuerpo siente;
y los minutos, largos, enloquecen
al corazón, que late intermitente.

El alma, en su vacío confundida,
cae en un hondo pozo de inexistencia;
sin voz que alivie, ni rumor de vida;
con su pensar que muerde la conciencia.

Y allí, en la fiebre muda del instante,
brotan los nervios, tiemblan las miradas,
la soledad se transforma triunfante
y el miedo danza en llamas desatadas.

Pronto hablo con el aire, sin respuesta,
para no fallecer con mi mutismo,
con la lengua que tiembla descompuesta
y mi pensamiento ahogado en su abismo.

“Silencio, ¡eres vil espejo sombrío!;
tu abrazar ahoga, angustia y enajena;
tu manto frío, lúgubre y vacío,
devora el juicio, engendra su condena”.

“¡Qué tedio! ¡Qué soledad tan temida!
El alma pesa más que la conciencia
y cada pensamiento es una herida
que sangra lentamente en la demencia”.

“¡Qué quietud sorda, qué mortal quebranto!
Se espesa el aire, el pecho se retuerce;
la mente, en su delirio, gime en llanto,
y el pensamiento, en círculos, se muerde”.

“Gritar quisiera a tu frío vacío;
romper tu calma para huir de tu opresión;
mas sigues con tu eco trémulo y frío,
pérfido fantasma de mi ofuscación”.

Entonces pienso, y pienso hasta dolerme;
me busco entre sombras y me aturullo;
quisiera huir de mí, no reconocerme,
mas sólo encuentro miedo en su murmullo.

Y el tiempo, vil escultor de locura,
me talla en su silencio piedra a piedra,
dejando en mí la forma más oscura
de un ser que piensa, vive y también yerra.

Y, al fin, la mente, errante, fatigada,
se inventa voces, sombras, compañía;
loca, canta a su nada imaginada,
y el silencio ríe tanta agonía.

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