Cuando todo calla (I)

Escribo este poema como réplica:
Cada cual tiene un corazón distinto,
hiriente sensibilidad única
y forma de asombrarse en laberinto.

Cuando todo calla y sólo hay silencio,
el mundo no es más que un eco cansado
y sólo queda un susurro de aprecio,
tu memoria y su recuerdo agotados.

No es el que permanece en los retratos;
está en el olor fresco de la lluvia
o el aroma a pan caliente y barato
o en la forma de un rayo de luz turbia.

Es la manera en que nos ilumina
y rompe todo el polvo al amanecer,
igual que el recuerdo se difumina
cuando en la mente comienza a atardecer.

He vivido en este mundo en silencio,
con la equidad del que no pide nada,
como el árbol que florecer presencio
en el fulgor de su época dorada.

Me he lamentado con gemidos también,
con tristeza por mi ajada pereza,
al ver mirarnos la vida con desdén
cuando observamos que acaba o empieza.

Es como quien ve el mar por primera vez:
sin saber nadar, para no hundirse en él,
permanece quieto con su desnudez;
pez en la orilla con agonía infiel.

¿Sabes qué duele más? Nunca es el final.
Nos duele todo aquello que fue tan real
que nos parecía eterno festival,
estable como constelación austral.

Pero, aun así, aunque la esperanza cojee
y nos caiga la noche sin promesas,
algo en mí hace que, con ternura, hojee,
busque en recuerdos culpas inconfesas.

Porque, si con mis poemas alguna vez
consigo llegar y tocar tu pecho,
necestaré escribir con brillantez,
en lugar de estos versos de deshecho.

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