Solo en su habitación, busca inspiración;
cada verso que hace muy pronto expira,
como daga clavada en el corazón;
nudo gordiano que contra él conspira.
Rompe sus rimas, grita en su agonía,
sus poesías mueren antes de nacer;
su pluma gime rota en la porfía
y él, inútil, siente su alma perecer.
Invoca al cielo, gime en su condena,
mas la musa se calla, sorda a su voz,
y, ante el silencio, aumenta la pena,
lo deja vacío, en agonía atroz.
Maldice al aire, implora a la fortuna,
pues, sin musa, todo será decepción;
mas de repente brota como espuma
un río ardiente y puro con su canción.
Pronto en su mente el fuego se desata,
una idea oscura inunda su razón;
un vendaval en ráfagas lo arrasa
y embriaga en su furia, vértigo y pasión.
Verso tras verso fluye desbordado,
borracho de letras ríe sin razón;
su mente arde con fuego iluminado,
delira como ebrio en dulce perdición.
Mas ya al final, sus frases balbucean
con locos cantos que manchan el papel;
sus manos tiemblan, rotas lo recrean,
y su musa es ya huidiza sombra cruel.
Ahora el exceso quiebra su cordura,
muchos versos suenan huecos, sin piedad;
se ve perdido en bárbara locura,
con absurda musa de felicidad.
Sólo contempla ruinas en la mesa,
papeles rotos, tumbas de su dolor,
un eco muerto lo oprime y atraviesa,
y en el fracaso se lleva su valor.
Tristes cenizas de su imaginación,
que así sepultan todo lo que piensa;
sin reparo describe su sinrazón
y su mente naufraga en pena inmensa.
Siente que su arte sólo es destructivo,
que la locura es su condena aviesa,
y yace a solas, espectro pasivo,
en sepulcro maldito que lo expresa.

