Las capas de la cebolla

En la mesa reposa, redonda y callada,
la cebolla que guarda su pecho en cristal;
cada capa es un eco de historia olvidada,
cada pliegue un secreto en alma de metal.

Yo la desnudo poco a poco, lentamente,
por si su espíritu vidrioso quiere huir.
Tras cada capa le palpita un tenue puente,
que une mi sombra con el ansia de sentir.

La deshojo despacio, por si se desvela
y le arranca a la noche fragmentos de voz;
en su piel se dibuja la huella que anhela
ser la carne que late con destino atroz.

Acaricio su piel trazando los senderos
donde todo ayer suspira en su deshojar.
Sus capas desvelan secretos verdaderos,
y en ellas el tiempo es herida al caminar.

Primero, la capa del miedo, que es delgada,
se resquebraja al mínimo aliento fatal;
es la sombra que tiembla en la puerta cerrada,
tras la que el alma sospecha de algo letal.

Es la capa del temor, frágil y vacía,
como un pájaro sin voz en temblor mortal.
Allí mi nombre descubrirá todavía
algunas razones para huir de lo vital.

La capa de la angustia, como luna rota,
desangrándose en las orillas del mantel,
con descarnada luz de un llanto que me azota
con sus látigos de tristeza en mi laurel.

Ahora la capa de dolor, grave y severa,
que nos retuerce el corazón con su rigor.
Es la máscara que hiere cuando se espera
encontrar la aguda astucia del amargor.

Luego surge la capa del sueño perdido;
su perfume es un río que quiere volver;
me recuerda que el tiempo, traidor y vencido,
abre surcos que escuecen, mas dejan crecer.

La capa del deseo, que es un hondo fuego,
un fruto que suspira por poder arder.
Su pulpa me devora sin darme sosiego
y en su sabor descubro cuál es mi deber.

La capa del amor, de la fruta encendida,
se abre en mis manos lista para renacer;
aroma que me promete nueva vida,
con una luz que es un temblor por entender.

El amor: una capa cálida y eterna,
suave pliegue que envuelve y promete calor,
aunque también, si su fragancia te gobierna,
en los ojos provoca diluvios de ardor.

En capas más internas está la desgracia,
se oculta artera tras un filo sepulcral.
Es artista del dolor con cruel eficacia,
que pule el alma en su pulso de funeral.

La desgracia, espinosa y malvada jueza,
es un muro que nadie desea encontrar;
cuando cede, revela su trágica pieza
y nos deja aprendiendo a volver a empezar.

Hallé luego el valor: corazón que no cesa,
dura capa que vibra dispuesta a brillar
con una voz que resuena en la noche aviesa
y proclama que siempre se puede avanzar.

La capa del valor semeja voz que canta,
es firme como la de un niño en su candor.
Le brotan hermosas flores en cada planta,
aunque pise senderos de puro temblor.

La fe viene después, transparente y callada,
como un hilo de luz que se quiere prender;
no se toca, mas vive en la piel desgastada
del que comprende que algo lo invita a creer.

La fe: cristal oscuro que a todos sostiene;
la sombra que me busca antes de naufragar,
que hace confiar al alma en lo que nunca tiene,
siente sin tocar y luce sin alumbrar.

Al fin, alcanzo el umbral, centro del misterio,
donde muerte allí respira un eco fiel.
Al fin comprendo, al ver su abismo quieto y serio,
que soy una cebolla errante en propia piel.

En el centro, la vida se extiende redonda
y en su pulpa descubro un latido sutil;
se abre entera a mis manos y el llanto me inunda;
no es dolor: es el mundo volviendo a surgir.

Y, al final, cuando todo termina en mis dedos
y la cebolla me ofrece su última piel,
es espejo de muerte sin gritos ni miedos,
donde entiendes que el viaje regresa a tu ser.

Mas aún queda algo, como un reflejo encendido:
la amistad que acompaña, aunque duela pelar;
es la capa que ríe cuando has malherido
y te envuelve en su abrazo dispuesto a sanar.

Descubro la amistad, la capa más sincera;
su tacto es como agua dulce en la tempestad.
Durante noches, sin abrigo alguno, espera
ser casa acogedora en plena soledad.

Así, capa por capa, la vida se entrega,
un perfume de historias que luchan por ser.
Por fin he descubierto que mi alma navega
como humilde cebolla, buscando entender.

La cebolla, con ese susurrar íntimo
que al cortarla a todos nos provoca llorar,
carnalidad y materia que ha de mostrar,
musicalidad tenue de sonido ínfimo

es sombra y desgarro, eco de un tiempo y su senda,
surrealismo irreal, duende trágico
que, capa por capa, nos quita nuestra venda
y sustituye por un mundo mágico.

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