SONETO I • LA CIUDAD
La ciudad, paritorio del andante,
rezuma mal, dolor y carne impura;
sus torres son colmillos sin censura
y el vicio campa en rito palpitante.
La fe se trueca y se vende al viandante;
la ley se escribe entre óxido y basura;
el oro unge jueces con mano oscura,
que pérfida peste firma al instante.
No hay Dios en lo alto, pues bajó al suburbio,
duerme entre jeringas e imprecaciones;
y el mal, avaro, administra lo turbio.
Si observas atento, no hay salvaciones:
cada portal alumbra un adulterio
y el aire huele a pacto y deserciones.
SONETO II • EL CUERPO Y EL PECADO
El cuerpo es catedral del extravío,
donde la culpa canta en su victoria.
La piel recuerda más que la memoria
y el tacto evoca instantes de amorío.
Un beso es transacción, no desafío;
la caricia sólo administra la escoria.
Sólo existe el placer que no hace historia,
mas consume en un lento escalofrío.
Sólo hay precio, vicio y egolatría,
rituales de sudor en la penumbra;
goce sin fe, sin Dios ni profecía.
¿Le incomoda? No huya si no vislumbra
esa ansia y fiebre oscura que nos guía.
El deseo no acusa: te deslumbra.
SONETO III • LO DIVINO Y LO DIABÓLICO
El ángel fuma junto al prostíbulo,
el diablo reza salmos de falacia,
pero ambos negocian nuestra desgracia
y firman la paz en el vestíbulo.
El bien se oculta al verse involucrado,
el mal prospera vestido de ciencia;
sólo administran su tregua en ausencia
del alma, en cuotas, plazos y pecado.
La cruz es un contrato mal leído;
el fuego eterno es un mito rentable;
no hay santidad gratis, todo es debido.
No hay ni un cielo puro, ni infierno estable:
sólo un reflejo roto y compartido,
donde elegir qué máscara es culpable.
SONETO IV • EL LECTOR (REVELACIÓN)
Ahora, sabrás por qué sigues leyendo:
no buscas ni luz ni conocimiento.
Este escrito no es lugar ni momento;
es lo que callas cuando estás diciendo.
Cada verso pidió tu compañía;
cada pecado aquí fue consentido.
No hay narrador sin cómplice elegido,
ni horror que viva sin tu fantasía.
Si algo entendiste, no lo magnifiques:
la bondad nunca absuelve lo perverso,
lo vuelve íntimo, sin que tú te impliques.
Cierra este poema. ¡Sal! Mas no lo expliques:
la ciudad va contigo, eres converso.
El infierno está en ti, no crucifiques.

