Cuando la noche cayó sobre mi pecho,
y en mi ardiente alma la calma ya no hallaba,
alejarse su figura vi maltrecho,
escuchando su voz que aún me torturaba.
Dijiste con palabras que nadie olvida:
“Quieres que escuche y al hacerlo me pierda;
que el dolor mío te destroce la vida,
pero tu amor con el mío no concuerda”.
La luna fue testigo de mi quebranto;
el viento susurró su cruel desprecio;
y entonces, ciego de dolor y espanto,
transformé tu marcha en regalo de aprecio.
Mi corazón, el huracán desechó,
mientras me volvía sus ardientes ojos,
riéndose a carcajadas de mi despecho.
al ver que, desesperado, caí de hinojos.
¡Oh, traición más negra que la noche misma!
¡Oh, puñal que no avisa y nunca perdona!
Su amor fue como una falsa luz que abisma;
hoguera apagada que el tiempo abandona.
La furia trocó mi alma atosigada,
que, con furia, roncamente, exclamó: ¡Amor!
Grité con voz, por el dolor, apagada,
pero no escuchaste el reproche de mi amor.
Mas no lloré, aunque no encontré tu consuelo,
sólo tu silencio fue mi compañero,
y al quedar con el alma rota, pero en pie,
juré no amar jamás ni ser prisionero.

