Alejada una oveja de mirada encendida,
pastaba lejos del rebaño por curiosear;
tenía tanto interés que marchó sin avisar,
hasta que del rebaño quedó lejos, perdida.
Era demasiado joven, curiosa y activa,
con esa impaciencia tan propia de la juventud
que quiere abarcar y conocer todo en su amplitud,
como si por ser joven tuviera la exclusiva.
Ella pastaba libre, con ingenio risueño,
distraída, jugando con las flores de aquel prado,
para comprender su mundo lejano y dorado,
triscando hierba y dudas al filo de su sueño.
Había abierto un nuevo mundo a su imaginación,
que apenas calmaba su curiosidad e inquietud.
La tentaba el misterio que se respira en la luz,
rumiaba el tomillo que calmaba su atención.
El prado era un tapiz de oro y de bruma dormida;
soplaba una brisa suave en silencio sepulcral,
que al valle convertía en un gran templo sideral,
donde el sol afilaba una espada derretida.
De pronto, entre jaras, una fiera descarada;
dos brasas encendidas observaron el prado;
un gruñido de tumba desgarró el arbolado
y la hierba tembló bajo su garra afilada.
A su llegada, el aire ardió en relente guerrero
y, gruñendo como trueno que desgaja cerrojos,
entre las zarzas surgió el lobo con ojos rojos,
que clavó en su víctima con su apetito fiero.
Saltó sobre su presa con hocico encendido
y una famélica hambre que la sangre desata.
Ella temblaba cual junco que se desbarata,
fingiendo tener miedo con balido afligido.
Se lanzó sobre ella con un furor homicida,
mostrando sus colmillos como púas de acero.
“Hoy saciaré mi hambre en ti, miserable cordero”,
rugió con voz de oscura noche por luna herida.
La oveja retrocedió con balido temblante,
fingió que el miedo la paralizaba absorbente,
mas pensó: “si lo halago, se tornará indulgente”,
y humilde alzó los ojos con candor suplicante.
“Señor de muerte y sangre, titán de dentadura,
¿satisfará su grandeza en tan pobre bocado?
Tras la casa, en el llano, hay un rebaño guardado
que colmará su gula y satisfará su hondura”.
“No me devore, señor lobo de diente cano,
que soy hembra muy flaca para saciar su antojo,
y el rebaño que le ofrezco calmará su enojo,
si me deja guiarlo por un sendero cercano”.
“Si ahora mismo, por calmar su hambre me devora,
ya no podré guiarle hasta semejante cercado
y se perderá el banquete que le he reservado.
Si me sigue, nos pondremos en camino ahora”.
El lobo la contempló con sospecha sombría:
“¿Pretendes engañarme, torpe lana extraviada?
Mi paciencia es un hilo que se rompe en la nada,
y tu carne me llama con roja melodía”.
Se relamió pensando con codicia en acecho:
“Nunca juegues con mi hambre, criatura descarriada,
que mi paciencia es corta y mi garra está afilada,
y puedo deshojarte como un cardo deshecho”.
“Tienes la carne exquisita de un cordero lechal;
tan jugosa, tierna y blanda que invita a comerla.
¿Y me ofreces a cambio carne dura al morderla?
Dudosa es tu oferta, ¿de cuantas presas en total?”.
“No miento, noble fiera —le respondió sumisa—,
seré guía obediente si me otorga la vida;
le mostraré un banquete de abundancia infinita,
donde el miedo fermenta y la carne se eterniza”.
“Le ofrezco, oh, gran señor, un festín multiplicado:
corderas como estrellas tras la casa del llano,
encerradas en corral, sin pastor ni villano,
si se viene conmigo y me acompaña a su lado”.
Y el lobo, cegado por esas promesas de oro,
aceptó la oferta con sonrisa de cuchilla,
creyéndose monarca de invisible cuadrilla,
mientras ella tramaba imaginario tesoro.
El lobo la ordenó con una avara sonrisa:
“Camina, pues, por delante, que yo marco el compás.
Si intentas fugarte, no verás un mañana más”.
Y ella, muy consciente, inclinó su cerviz sumisa.
Se pusieron en marcha en silencio, y pasó el tiempo,
y la jornada comenzó a hacerse muy larga
para el hambre que tenía el lobo en su cuerpo
que, despacio, convertía su sangre en amarga.
Fueron por senderos de espinos y pedregales.
“¿Cuánto falta, oveja? Mi estómago se impacienta”.
“Tras la curva, señor, ya vuestra presa se alienta”,
respondía ella dócil entre espinos mortales.
Siguieron por sendas donde el sol se hacía plomo
“¿Aún falta mucho, oveja?, que mi paciencia clama”.
“Ya casi hemos llegado, tras la próxima rama”,
respondía apacible, bajando lenta el lomo.
Voraz, crecía la impaciencia del compañero;
sus gruñidos alzaban polvareda rabiosa:
“Tu historia ya cojea, tramposa y mentirosa”,
gruñó en voz de trueno, retumbando en el sendero.
Y, viendo dilatarse la distancia engañosa,
insistió con una impaciencia que arrancó espinos:
“Tu propuesta es más falsa que unos huesos mezquinos”.
Y con su voz ella bordó una seda melosa:
“Mire aquella techumbre que corona la loma;
tras esa puerta reposa su lanar ganado,
y el corral permanece firme y asegurado,
para que, al fin, pueda saciar su hambruna glotona”.
“Mire a lo lejos, por allá asoma, tras la encina;
allí duerme el rebaño tras tranca cerrada;
ninguna podrá escapar con la puerta atrancada,
aunque su aullido suene cual trompeta asesina”.
“Aúlle, gran señor, para que su voz las aterre,
y así, presas de espanto, no hallarán la salida,
pues, cerrada, la cerca impedirá su partida,
mientras tiembla el rebaño tras la tranca del cierre”.
El lobo, ya embriagado de triunfo anticipado,
bramó con rugido que al monte quebró la cima.
“Eres sabia, cordera; casi digna de estima”.
Y lanzó un largo aullido de soberbia inflamado.
“Insista; aúlle mucho, hasta que su aullido las hiera,
que el pánico las deje clavadas en el suelo,
y así será su triunfo más inmenso que el cielo,
mientras yo, agradecida, contemplo su carrera”.
La fiera, ante tanta adulación y su artificio,
dijo, henchido de gula que en la sangre se arrima:
“Dices bien, cordera. Te estás ganando mi estima”,
y volvió a aullar ante el fúnebre sacrificio.
Mas dentro de su morada despertó el cazador,
que al lobo le jurara silenciosa venganza
por noches de matanza en redil sin esperanza,
y cogió su escopeta con un pulso vengador.
Cargó las postas con ansiedad llena de temblor;
alistó y armó el arma con un gesto sombrío,
recordando destrozos en ganado baldío;
y tomó su escopeta con un pulso vengador.
Salió al umbral despacio; respiró la neblina;
vio al lobo desbocado soñando su festín;
apuntó con mucha calma, mas erró el tiro al fin
y el disparo retumbó cual campana asesina.
Al verlo venir ávido hacia el falso banquete,
apuntó con más paciencia y rencor contenido,
y el disparo rasgó la soberbia del bandido,
que cayó inerte sobre el polvo en un periquete.
Se desplomó la fiera con los ojos abiertos;
su ambición aun brillaba en las pupilas heladas,
como quien cree reinar sobre tierras doradas,
mas sólo encuentra silencio en los campos desiertos.
La oveja se enderezó sin temblor ni gemido;
dejó atrás la tragedia con balido sereno,
regresando hacia su grey bajo el cielo moreno,
mientras el aire limpiaba la sangre y rugido.
Sí, dio media vuelta con un balido risueño,
dejando detrás la fiera y su ambición sin dueño;
y volvió a su rebaño como quien vuelve al sueño,
mostrándonos esta moraleja con su empeño.
Quien empeña su juicio por promesa abundante
y escucha sólo el eco de su propio apetito,
suele encontrar en su orgullo la bala y el grito,
pues la ambición devora más que el diente cortante.
El más fuerte se pierde por ambición de obseso,
porque su avaricia y presunción son demasiado;
y no siempre al débil terminará devorado,
pues la astucia es un colmillo cuando guía el seso.
Pero ten mucho cuidado con la moraleja;
quien vende paraísos por codicia y exceso,
suele hallar en su trampa la horma de su pecado,
y se descubrirá la falsedad que festeja.
Aprenda quien presuma de fuerza y dentadura:
no siempre vencerá ni imperará la fiereza.
A veces, una astucia vestida de simpleza
derriba al poderoso cegado por su hartura.

