Clamor plañidero
de agonía quejumbrosa
se alza artero.
Llora, gime y brota
de gargantas rotas,
de muerte henchidas
en tierra ignota.
El humo lacrimea
los ojos artilleros.
La pólvora negrea
sus rostros austeros,
y la sangre mancha,
rezuma, serpentea
sobre la tierra ancha,
arcillosa y pétrea,
donde los hombres caen
y la muerte señorea.
Los fusiles escupen
por sus bocas redondas
rojas llamaradas
que a la muerte nutren.
Las bayonetas lucen,
teñidas de sangre,
un instante en el aire.
Se agitan y estremecen
con alegre donaire
y en los cuerpos se abaten
repletas de hambre.
Son aves de rapiña
que la carne pican
con enconada riña,
y su hambre no sacian
con tanta víctima.
Retumba el cañón
desmembrando miembros
con rugiente canción
de pólvora y hierros.
Acompaña su son,
cadencioso y ronco,
amasijo herido
de cuerpos retorcidos,
carne desgarrada
y grandes alaridos.
El rojo ladrillo
de un azul plomizo,
cárdeno amarillo
y gris huidizo,
son los tonos cambiantes
del cielo, tierra y fuego
por el volar errante
y estrepitoso infierno
de obuses y metralla
con que ensordece
el cañón la batalla.
Bengalas al viento;
rápidas pisadas;
sinfonía en movimiento
de batallas pasadas
con redobles de tambor.
Irisar de armas
y ondear de banderas,
cuerpos estremecidos
y de pavor llenos.
Tropel de sombras chinescas,
otrora esbeltas,
corren y se agazapan
con muecas simiescas
para morir inquietas.
¡Cuánta pena me dan
sus carreras locas,
su andar inquieto
para encontrar un puerto
abrigo incierto
de piedra y rocas,
donde la muerte alcanzan
siendo unos espectros!
Nada han evitado
en su tosco batallar.
Nadie ha vencido
y todos han de llorar.
Cuando manos se cierren
sobre sus heridas abiertas,
y los cuerpos entierren
sobre la tierra yerta
al final de la guerra,
otra guerra empezará,
llena de odio y rencor,
redoble de otro tambor.
No habrá trincheras,
ni soldados quedarán,
sólo odios enterrados
en cada trinchera habrá.
El esposo perdido,
el hijo amado,
el hermano herido,
el miembro amputado;
Odios que queman;
recuerdos ponzoñosos
que vivir no dejan,
son siempre la cosecha
que queda tras la guerra.
¿Para qué encarnizarse?
¿Para qué luchar así?
¿No es mejor amarse
sin odios ni rencores,
que el morir así
para acrecentar odios,
mancillar la memoria
y ensangrentar la historia
siendo unos necios?
¿Qué importa una idea
si a la muerte nos lleva,
imponiendo con ella
luto, dolor y pena?
¡Que se pudra entonces!
¡Desaparezca entera
a cambio de los goces
que yo quisiera!

