La leyenda de Dullahan,
el jinete sin cabeza

(Mito irlandés)

Era el año de la hambruna,
del salmo de barro y hueso,
cuando el pan era una bruma
y a nadie quedaba queso.

Cayeron cuerpos sin nombre,
rezos rotos, pan amargo,
y dieron a un oscuro hombre
la sentencia por encargo.

Cuando el pan era un recuerdo
y la fe un cuervo sin alas,
lo juzgaron en acuerdo
y brujo hicieron sin galas.

Su brujería era siembra
de la tierra sin un grano,
con esterilidad de hembra,
en un infértil pantano.

Él juró por su inocencia,
mas ninguno le hizo caso.
Para vengar su sentencia,
juró matar sin descanso.

No tuvo culpa su cuello,
fue el miedo quien le dio el tajo;
rodó su testa al degüello
con silencio de legajo.

Nadie miró su pecado;
sólo tuvo un juicio humano,
y el cuerpo cayó pesado,
sin un cabezal hermano.

De rodillas ante el tajo,
su cabeza colocaron;
con un golpe de badajo,
y del cuerpo la apartaron.

El hacha besó su carne
como un relámpago humano;
su cabeza hacia delante
sin ningún cuerpo mundano.

Lo enterraron muy deprisa.
Lo enterraron sin campanas,
en donde no da la brisa
y nunca nacen fontanas.

Con plegaria poco usada,
que se reza en desencuentros,
su cuerpo, en tierra quemada,
sepultaron entre muertos.

Ajeno, reza en su tumba
que muy pronto aprendió a callar;
y en cada noche retumba,
pidiendo su cabeza hallar.

Ningún sepelio se acuerda,
ni un responso necesario;
pero la noche recuerda
lo que olvida el calendario.

En su descanso acuerda
firmar pactos con los muertos
y, desde entonces, recuerda
que deberá hacer entuertos.

Cuando el calendario sangra
y calabazas vigilan
con ojos huecos de cabra,
salen los cuerpos que abrigan.

Y emerge, decapitado,
pero no sin su memoria.
Y el Dullahan degollado
cabalga sobre la historia.

Las campanas ya no suenan,
tañen silencio de augurio;
las gentes el paso aprietan,
para evitar su infortunio.

Cada Halloween, la tumba
abre su subterráneo,
surgen de su catacumba
sus hombros sin su cráneo.

Como heraldo de la muerte,
que cabalga un corcel negro,
le grita al cielo su suerte,
devastado en cada ruego.

Su cabeza degollada
sirve de linterna y farol
si del pelo es agarrada
con una mano de charol.

Susurra el nombre que apresa,
como un anuncio inminente
que al brillar sus ojos cesa
ante la muerte evidente.

Como augurio de una muerte,
si aparece, es mala señal;
pues, si se detiene al verte,
tu existencia será mortal.

Bajo el brazo lleva el cráneo,
pálido, atento, esperando;
no es de ningún foráneo
con su sangre aun palpitando.

Pálida, alerta y hambrienta,
con los labios entreabiertos,
como una copa sedienta
que espera llenar desiertos;

Su cabeza busca y piensa.
El cuerpo consigue caza;
la medianoche compensa
toda el hambre que lo aceza.

Dirige el cuerpo con hambre
a cumplir su cruel destino.
La boca le sabe a sangre,
el cuerpo aprende el camino.

Avanza en dignidad rosa
de quien perdió su corona;
y en sus brazos aún reposa
lo que antes fue su persona.

A medianoche cabalga
sobre su corcel malvado;
sin tener rostro que valga,
ni algún relincho sin su amo.

Enarbola un brutal sable,
agitándolo en el aire
con ademán implacable,
mientras galopa al desgaire.

Los cascos suenan a hierro,
golpean nervios y charcos;
quien oye su canto fiero
se olvida de tener flancos.

A veces, su alazán negro,
como un juramento roto,
descabezado ojinegro,
corre sin ver por el coto.

Relincha sin tener boca
al saludar a la muerte,
y a la vida desconvoca
al relinchar de esta suerte.

Si escuchas sonar sus cascos,
no aguardes a su invitación;
pon tu cabeza en sus sacos,
sin quitarle la tentación.

Acomete al caminante
con su cabeza en el brazo,
y no vive ni un andante
ante tal encontronazo.

Persigue a los que lo miran,
a los que se hacen preguntas,
y al ver su cuello suspiran
con ideas infecundas.

Si uno atraviesa su senda,
pagará interés de carne;
pues su cabeza sin rienda
se alimenta del descarne.

No sólo del imprudente,
sino su linaje entero;
sin ningún superviviente
deja apellido postrero.

Otras noches, guía un carro
de costillas y de tibias
tirado por seis bizarros
espectros de otras insidias.

Caballos sin piel ni barro
y belfos quemando biblia,
corriendo sobre guijarros
y hábitos de una novicia.

Un carro hecho de los huesos
de los que fueron víctimas;
arquitectura en museos
de sus momias distinguidas.

Agita una espina dorsal
como látigo de azotar
cuando, con galope brutal,
sus corceles va a fustigar.

Galopan los seis corceles
escupiendo espuma infernal;
blanca lepra de sus pieles,
como símbolo de su mal.

Algunos de esos caballos,
con su cráneo que brilla,
sin piel, galopan cual rayos,
obedientes a quien guía.

Cada noche, el mundo exhala,
con su párpado cansado,
su último aliento y propala
la leyenda que he contado.

Por donde pasa el Dullahan
el aire enferma de pronto;
la gente comprende su afán,
la sangre recuerda el polvo.

Empuñando un sable en alto,
decapita las cabezas
con el tajo de un asalto,
que a las gentes descabeza.

Por donde pasa el jinete,
la vida a todos enferma
y la sangre compromete
en pestes sin su cuaresma.

Si lo miran, da la vuelta,
no perdona al observador:
de su presa toma envuelta,
como cualquier acechador.

Mas es avaro el espectro,
ama el peso del vil metal;
con monedas compran días,
mas no compran la eternidad.

Ironía del infierno,
tintineo de monedas,
como música de averno,
y con su tregua te quedas.

Con un puñado de valor
puedes comprar su desprecio:
unos días más de calor,
como quien hace comercio.

Dicen que estuvo en Escocia
con reflejo de vasallo;
con Ewen, caído en desgracia,
sin cuello él y su caballo.

Ewen galopa a su lado,
en caballo degollado,
pisando cada sembrado,
con gritos de desollado.

Aúllan juntos en la niebla,
cazan sin rostro ni llanto,
y cuando la tierra tiembla,
matan alguien sin quebranto.

Cuentan de una leñadora
que oyó un cuerno a su costado;
con mirada aterradora
vio su testa de apestado.

Era un hombre prodigioso
con cabeza bajo el brazo,
con mirada de celoso,
por el hambre en su regazo.

Al oírlo, se giró y la vio:
carecía de párpados,
y sus entrañas revolvió
al huir con sus pies cansados.

Nobles de rostro empolvado
lo vieron cruzar despacio,
como jinete encargado
de vida, muerte y espacio.

Con sus rostros entalcados,
por los caminos de cabras,
los vieron inclinados
con cortesías macabras.

Conociendo sus modales,
celebrando el desconcierto,
pidiendo viles metales
y la muerte de algún siervo.

Así transita el Dullahan,
hombre oscuro, mal legado.
Sus muertos, hogar nunca hallan,
porque han sido degollados.

Así cabalga el Dullahan,
memoria que no se muere.
Y a su lado cabalga Ewen,
que a sus órdenes se mueve.

Ambos aúllan en la bruma,
cazan sin nombres ni rostros,
con ferocidad que abruma,
dejando sólo despojos.

Así comienza y termina
la balada de un degüello;
que la leyenda examina
con cabezas sin un cuello.

Mientras exista el hambre,
su boca tendrá bocados;
su tumba tendrá raigambre
y caballos desbocados.

Porque hay decapitaciones
que no acaban el castigo,
sólo muestran sus acciones
mientras exista un testigo.

Era el año de la hambruna,
del salmo de barro y hueso,
cuando el pan era una bruma
y a nadie quedaba queso.

Cayeron cuerpos sin nombre,
rezos rotos, pan amargo,
y dieron a un oscuro hombre
la sentencia por encargo.

Cuando el pan era un recuerdo
y la fe un cuervo sin alas,
lo juzgaron en acuerdo
y brujo hicieron sin galas.

Su brujería era siembra
de la tierra sin un grano,
con esterilidad de hembra,
en un infértil pantano.

Él juró por su inocencia,
mas ninguno le hizo caso.
Para vengar su sentencia,
juró matar sin descanso.

No tuvo culpa su cuello,
fue el miedo quien le dio el tajo;
rodó su testa al degüello
con silencio de legajo.

Nadie miró su pecado;
sólo tuvo un juicio humano,
y el cuerpo cayó pesado,
sin un cabezal hermano.

De rodillas ante el tajo,
su cabeza colocaron;
con un golpe de badajo,
y del cuerpo la apartaron.

El hacha besó su carne
como un relámpago humano;
su cabeza hacia delante
sin ningún cuerpo mundano.

Lo enterraron muy deprisa.
Lo enterraron sin campanas,
en donde no da la brisa
y nunca nacen fontanas.

Con plegaria poco usada,
que se reza en desencuentros,
su cuerpo, en tierra quemada,
sepultaron entre muertos.

Ajeno, reza en su tumba
que muy pronto aprendió a callar;
y en cada noche retumba,
pidiendo su cabeza hallar.

Ningún sepelio se acuerda,
ni un responso necesario;
pero la noche recuerda
lo que olvida el calendario.

En su descanso acuerda
firmar pactos con los muertos
y, desde entonces, recuerda
que deberá hacer entuertos.

Cuando el calendario sangra
y calabazas vigilan
con ojos huecos de cabra,
salen los cuerpos que abrigan.

Y emerge, decapitado,
pero no sin su memoria.
Y el Dullahan degollado
cabalga sobre la historia.

Las campanas ya no suenan,
tañen silencio de augurio;
las gentes el paso aprietan,
para evitar su infortunio.

Cada Halloween, la tumba
abre su subterráneo,
surgen de su catacumba
sus hombros sin su cráneo.

Como heraldo de la muerte,
que cabalga un corcel negro,
le grita al cielo su suerte,
devastado en cada ruego.

Su cabeza degollada
sirve de linterna y farol
si del pelo es agarrada
con una mano de charol.

Susurra el nombre que apresa,
como un anuncio inminente
que al brillar sus ojos cesa
ante la muerte evidente.

Como augurio de una muerte,
si aparece, es mala señal;
pues, si se detiene al verte,
tu existencia será mortal.

Bajo el brazo lleva el cráneo,
pálido, atento, esperando;
no es de ningún foráneo
con su sangre aun palpitando.

Pálida, alerta y hambrienta,
con los labios entreabiertos,
como una copa sedienta
que espera llenar desiertos;

Su cabeza busca y piensa.
El cuerpo consigue caza;
la medianoche compensa
toda el hambre que lo aceza.

Dirige el cuerpo con hambre
a cumplir su cruel destino.
La boca le sabe a sangre,
el cuerpo aprende el camino.

Avanza en dignidad rosa
de quien perdió su corona;
y en sus brazos aún reposa
lo que antes fue su persona.

A medianoche cabalga
sobre su corcel malvado;
sin tener rostro que valga,
ni algún relincho sin su amo.

Enarbola un brutal sable,
agitándolo en el aire
con ademán implacable,
mientras galopa al desgaire.

Los cascos suenan a hierro,
golpean nervios y charcos;
quien oye su canto fiero
se olvida de tener flancos.

A veces, su alazán negro,
como un juramento roto,
descabezado ojinegro,
corre sin ver por el coto.

Relincha sin tener boca
al saludar a la muerte,
y a la vida desconvoca
al relinchar de esta suerte.

Si escuchas sonar sus cascos,
no aguardes a su invitación;
pon tu cabeza en sus sacos,
sin quitarle la tentación.

Acomete al caminante
con su cabeza en el brazo,
y no vive ni un andante
ante tal encontronazo.

Persigue a los que lo miran,
a los que se hacen preguntas,
y al ver su cuello suspiran
con ideas infecundas.

Si uno atraviesa su senda,
pagará interés de carne;
pues su cabeza sin rienda
se alimenta del descarne.

No sólo del imprudente,
sino su linaje entero;
sin ningún superviviente
deja apellido postrero.

Otras noches, guía un carro
de costillas y de tibias
tirado por seis bizarros
espectros de otras insidias.

Caballos sin piel ni barro
y belfos quemando biblia,
corriendo sobre guijarros
y hábitos de una novicia.

Un carro hecho de los huesos
de los que fueron víctimas;
arquitectura en museos
de sus momias distinguidas.

Agita una espina dorsal
como látigo de azotar
cuando, con galope brutal,
sus corceles va a fustigar

Galopan los seis corceles
escupiendo espuma infernal;
blanca lepra de sus pieles,
como símbolo de su mal.

Algunos de esos caballos,
con su cráneo que brilla,
sin piel, galopan cual rayos,
obedientes a quien guía.

Cada noche, el mundo exhala,
con su párpado cansado,
su último aliento y propala
la leyenda que he contado.

Por donde pasa el Dullahan
el aire enferma de pronto;
la gente comprende su afán,
la sangre recuerda el polvo.

Empuñando un sable en alto,
decapita las cabezas
con el tajo de un asalto,
que a las gentes descabeza.

Por donde pasa el jinete,
la vida a todos enferma
y la sangre compromete
en pestes sin su cuaresma.

Si lo miran, da la vuelta,
no perdona al observador:
de su presa toma envuelta,
como cualquier acechador.

Mas es avaro el espectro,
ama el peso del vil metal;
con monedas compran días,
mas no compran la eternidad.

Ironía del infierno,
tintineo de monedas,
como música de averno,
y con su tregua te quedas.

Con un puñado de valor
puedes comprar su desprecio:
unos días más de calor,
como quien hace comercio.

Dicen que estuvo en Escocia
con reflejo de vasallo;
con Ewen, caído en desgracia,
sin cuello él y su caballo.

Ewen galopa a su lado,
en caballo degollado,
pisando cada sembrado,
con gritos de desollado.

Aúllan juntos en la niebla,
cazan sin rostro ni llanto,
y cuando la tierra tiembla,
matan alguien sin quebranto.

Cuentan de una leñadora
que oyó un cuerno a su costado;
con mirada aterradora
vio su testa de apestado.

Era un hombre prodigioso
con cabeza bajo el brazo,
con mirada de celoso,
por el hambre en su regazo.

Al oírlo, se giró y la vio:
carecía de párpados,
y sus entrañas revolvió
al huir con sus pies cansados.

Nobles de rostro empolvado
lo vieron cruzar despacio,
como jinete encargado
de vida, muerte y espacio.

Con sus rostros entalcados,
por los caminos de cabras,
los vieron inclinados
con cortesías macabras.

Conociendo sus modales,
celebrando el desconcierto,
pidiendo viles metales
y la muerte de algún siervo.

Así transita el Dullahan,
hombre oscuro, mal legado.
Sus muertos, hogar nunca hallan,
porque han sido degollados.

Así cabalga el Dullahan,
memoria que no se muere.
Y a su lado cabalga Ewen,
que a sus órdenes se mueve.

Ambos aúllan en la bruma,
cazan sin nombres ni rostros,
con ferocidad que abruma,
dejando sólo despojos.

Así comienza y termina
la balada de un degüello;
que la leyenda examina
con cabezas sin un cuello.

Mientras exista el hambre,
su boca tendrá bocados;
su tumba tendrá raigambre
y caballos desbocados.

Porque hay decapitaciones
que no acaban el castigo,
sólo muestran sus acciones
mientras exista un testigo.

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