La orquesta

La orquesta ataca una suave melodía.
Suena el fagot y arpegios de clarinete;
flautas saltarinas son ave que pía;
violines y violas ponen su bonete.

Como olas, ondulan las notas del arpa,
que suenan dulces marcando melodía;
resuenan y se expanden bajo la carpa
y el recinto con deliciosa armonía.

El piano, con su blanquinegro teclado,
acompaña con el sonido profundo
de las sirenas en un coro elevado,
para un enamoramiento moribundo.

Los platillos se entrechocan con estruendo,
y timbales interrumpen el susurro.
Suenan oboes, trompetas in crescendo;
trepidante sonido triunfal y oscuro.

La melodía ya fluye suavemente:
ahora se complace en parecer nostalgia
para atrapar los sentidos, vehemente,
y se diluye poco a poco con gracia.

La batuta marca lenta y temblorosa;
todo el público suspira en la penumbra;
cada nota cae frágil, silenciosa,
como recuerdo antiguo que el tiempo arrumba.

El aire se queda cargado de ausencias;
la música sangra con ecos marchitos;
se quiebran compases, mueren las cadencias,
con graves silencios, hondos e infinitos.

Las notas se paran, la orquesta se apaga,
y queda un suspiro flotando en el salón
con la última nota que tiembla y naufraga
en sombra gastada del viejo corazón.

Muere la música, sola y desvalida,
como aquella partitura rota y sin voz;
nadie evoca sus notas llenas de vida
desde que la orquesta la interpretó y partió.

Otros pueblos escucharán su música
y, cuando se alejen, la olvidarán también;
como harán con su interpretación única,
aunque su melodía los lleve al edén.

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