Voy por senda, azuzando,
en un carro, con dos bueyes
a los que voy vareando
y resoplan como fuelles.
Es un camino de tierra,
de arena ocre y pedregosa,
que baja desde la sierra
en pendiente peligrosa.
Ambos lados con trigales,
replantados en barbecho,
junto a rastrojos rurales,
que carecen de provecho.
Cruje el carro cuesta abajo,
sudan la coyunda y yugo,
y eleva polvo y cascajo,
que huele a tomillo y musgo.
Trina un mirlo en la retama,
luce el sol sobre el barbecho,
y sobre el trigal inflama
cada espiga en cada trecho.
A lo lejos ladran perros,
corre el aire en la cañada,
y en la sombra de los cerros
se recuesta la alborada.
Alguien quema los rastrojos
con su lumbre sin despecho.
El fuego quema matojos
para mostrar el repecho.
La yunta suda cansina,
resoplando con bufido
de paciencia, por rutina
en sendero conocido.
Marcha el carro paso a paso,
con cadencia campesina,
marcando en el suelo el trazo
de la senda, en disciplina.
Yo canto coplas antiguas,
las que aprendí de mi abuelo,
mientras mis notas, ambiguas,
se derraman por el cielo.
Cargaré los cereales,
con el día en mi mirada
y pensamientos normales,
como lluvia acompasada.
Y, cuando a esté completo,
subiré por el sendero,
al salir algún lucero,
de satisfacción repleto.

