En el hermoso y verde prado,
la hierba se hace maleza,
que ningún insecto ha violado,
mostrándonos su riqueza.
Murmura el viento entre la bruma,
perfumando el aire al pasar;
el tiempo discurre y abruma,
escuchando las aves piar.
La tierra tiembla, vibra y ama;
se oye a las hojas conversar;
los insectos sobre su rama
encuentran cómo progresar.
Bajo la luna el río canta,
fluye entre tierra caliza,
forzado por brisa que encanta,
con voz que el alba desliza.
Corre ligero, aunque sin prisa,
con dulce y pura devoción,
cual espejo que al alma avisa
con el pulso del corazón.
Refulge con brillo que encanta,
fulgor suave, sin un porqué;
que la luna en reflejos canta,
y en su cristal el alma ve.
Las hojas se agitan con sueño,
sin mostrar ninguna inquietud,
y, en cada rama, el viento es dueño
de un beso oculto en su virtud.
Se abre la flor, brillante estrella,
con un beso al amanecer;
la abeja danza junto a ella
y recoge su florecer.
Bella, desnuda su hermosura,
con fragancia de aroma fiel,
perfume grato, sin censura,
que se impregna sobre la piel.
Y en ese silencio y resplandor,
que hasta en las piedras suspira,
está el milagro de su esplendor,
que lleno de paz respira.

