El sol entra a través de cristales tristes,
la habitación parece iluminada
y plagada de difusas sombras grises
al amanecer que inicia la jornada.
Se despereza el cielo poco a poco,
despierta la ciudad con su banalidad;
con café en la mano y un bollo de coco,
escucho murmullos de poca calidad.
Susurros de rutina y confraternidad,
comentarios jugosos en barra de bar,
algarabía chiquilla en la vecindad,
chillidos que pronto deberán acabar.
Se encienden motores, se cruzan miradas,
las calles se agitan con humos que tejer
y nubes de contaminación cargadas
que los coches producen en su renacer.
Torpes transeúntes con paso apurado,
respirando el cargado aire de ayer,
bajo la luz del moribundo alumbrado,
que el sol embrolla y enreda sin querer.
Así inicia el día y muere la noche,
continuidad diaria llena de vacuidad,
pasajeros involuntarios en coche
o peatones pululando por la ciudad.
Pasan lentas las horas como hoja al caer;
los segundos son como viejo ventanal
que sólo nos deja la vida extraer
con su protector resguardo del vendaval.
Sonrisas perdidas y trabajo que hacer
son los momentos que repiten el ritual,
lágrimas furiosas, apenado quehacer,
son un respiro que rompe con lo inusual.
Y, al final del día, apagado el ruido,
la luna nos habla de días mejores,
sueños postergados y el amor perdido,
de esa calma que anhelan los mayores.
Así muere el día, como agua que brilla,
con sombras y luces, con su calma mortal,
y el reloj que nos empuja a la orilla,
y su rutina, que es algo inmortal.

