Raíces

Bajo un apacible viento
canta el trigo su memoria,
manos viejas siembran tiempo
en surcos llenos de historia.

La tarde cae despacio
en la pared encalada,
y un sillón aguarda recio
a quien ya no está sentada.

Aprendí a ver a mi madre
doblar sábanas en orden
hasta alcanzar un encuadre
y abolir todo desorden.

Afuera hay ropa tendida,
que con suave brisa ondea;
los grillos cantan en su huida
y algún lagarto pasea.

La abuela enciende su fogón,
que huele a ceniza y llanto,
mientras él, con fuego tragón,
habla de un pasado santo.

Huele a sopa recién hecha,
café, sudor y refajo.
La radio emite una copla,
que yo cantaba muy bajo.

El aceite hierve lento
sin llegar a calentarse,
cual despertar del talento
que no debe apresurarse.

Se ve una foto torcida
presidiendo la cocina,
como cenicienta caída,
prisionera de hornacina.

La pared no oye, vigila
cómo cruje la escalera,
si el que habla duda o vacila
cuando oye la cafetera.

Cruje el suelo de madera,
rezo antiguo en cada paso,
como si la casa entera
respirara su pasado.

Un mantón duerme en armario,
negro de pena y de luto,
con recuerdos en silencio
y pensamientos sin fruto.

Lo bordaron con cariño
y palabras que no hablaron,
como quien mece a un niño,
cuando su vida entregaron.

El reloj de la cocina
marca un tiempo que no corre,
y entre su lenta rutina
pronto la noche recorre.

La casa de nuestro olvido
es gesto, llanto y devoción,
historia que no hace ruido
pero vive en el corazón.

Así la sangre recuerda
lo que el olvido le negó:
somos palabra heredada,
voz del pueblo que se quedó.

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