La joven del valle

Caminaba yo, cansado,
siguiendo el sendero estrecho
que bajaba en un repecho,
entre jaras olvidado.

Avanzaba lentamente,
como quien guarda un recuerdo
que pesa más que un acuerdo,
aunque éste sea excelente.

La tarde, ya casi herida,
dejaba un fulgor incierto,
con el perfume de almendro,
sobre la loma perdida.

La sierra ardía en dorado,
parecía ser el umbral
hacia un paraíso terrenal,
detrás de aquel prado alado.

El sol ya rasaba oblicuo,
dorando los riscos viejos,
cuando escuché, desde lejos,
un murmullo muy antiguo.

Pronto transformó en susurro,
mitad canto, mitad eco,
en manantial casi seco
al que con mi sed recurro.

Allí estaba ella, muy sola,
como pintura en un lienzo,
recogiendo agua en un cuenco
de barro áspero en corola.

La luz rozaba su rostro
con un temblor casi tierno,
como si aquel sol de invierno
trazara un antiguo rastro.

La vi inclinada en la fuente,
su mano rozaba el agua,
y un soplo, como de enagua,
vibró en mi pecho silente.

“Buenas tardes, caminante”,
dijo, sin alzar del todo
la mirada del arroyo,
en actitud expectante.

Lo dijo sin un revuelo;
su voz se quebró en el viento,
como algo con sentimiento
de soledad sin desvelo.

“Buenas tardes, forastero”,
repitió con voz de cristal.
Y en ese mirar otoñal
soñaba un mundo sincero.

“Buenas tardes, bella niña”,
le respondí sin aliento.
“¿Le das agua a un sediento
que recorre la campiña?”.

Ella me ofreció su cuenco,
que yo apuré muy contento.
Sacié mi sed y el tormento
y lo devolví en un vuelco.

“Busco el paso de la altura»”
le dije en un hilo de voz.
Ella, girándose hacia Dios,
marcó la senda más dura.

“Busco el paso de la sierra”,
insistí, sintiendo dentro
un gran estremecimiento
que aún su sensación me aterra.

“Lo es —dijo—, pero es muy largo
y a ratos difícil, aunque,
al traspasar ese parque,
del sendero se hará cargo”.

Su voz corría ligera,
como alondra en campo abierto,
y, para mi desconcierto,
sonó como una quimera.

“Lo hallará tras esa curva
—prosiguió—, mas con cuidado,
ese sendero es privado,
de una propiedad absurda”.

Quise ofrecerle mis pasos,
compañía en mi tortura,
que desdeñó con dulzura,
mirándome desde lejos:

“Siga usted, buen caminante;
yo guardo aquí mi secreto.
La montaña guarda un reto,
que el viento pide al andante”.

Quise saber si algún día
una pena rozó su ser
y sus ojos, al responder,
velaron la luz tardía.

Le pregunté por su vida,
por la calma del silencio,
su soledad sin aprecio
en aquel rincón sin vida.

Quise saber si estar lejos
la coartaba para hablarme,
pues sus ojos, al mirarme,
eran brillantes reflejos.

Ella apartó la mirada
con una respuesta artera:
“En el valle, quien espera
coge más de lo que aguarda”.

Sonrió, llena de tristeza,
mientras rompía un romero:
“Jamás se siente extranjero
quien conoce bien la tierra”.

“Quien guarda el valle —murmuró—
rescata su propio anhelo,
mas nunca revela al cielo
la historia que lo procuró”.

Le ofrecí mi compañía,
mas respondió con blando afán:
“Siga, que el viento me da pan
y basta en mi travesía”.

Y prosiguió con un gesto:
“Siga usted, buen caminante,
el camino dominante,
pues en mi senda no hay tiempo”.

Seguí mi ruta callado,
rebuscando una claridad
a tan extraña soledad
encontrada en aquel prado.

Y me alejé de aquel valle
con un temblor en el pecho;
ahora, si evoco aquel hecho,
vuelvo a sufrir su detalle.

Mi pensamiento certero
duda si aquello fue sueño
o imaginación que adueño,
recordando aquel sendero.

Y, a veces, cuando el sendero
suena con cascos al trotar,
creo escuchar su voz brotar
en el viento pasajero.

No sé si fue sueño cierto
o mi brillante juventud,
mas en temblorosa inquietud
su valle sigue despierto.

Aún creo oír su susurro
si el viento dobla el helecho,
y pregunto sin provecho:
¿fue verdad o lo discurro?

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