Por terroríficos recovecos en mi mente,
me devoran los recuerdos y muerden mi pesar;
confunden mi cerebro sin dejarlo descansar
e incuban sus terrores hasta hacerme un demente.
Galopan por mi mente con sangrientos recuerdos;
me hieren y laceran para que nunca olvide;
los retuercen hasta conseguir que nada quede,
mientras gritan en mi conciencia sus desacuerdos.
Veo su sangre vertida sobre el suelo frío;
late en mi conciencia con golpes de un eco ardiente.
Suspicaz, aparto la mirada de la gente,
y creo que el aire finge un silencio sombrío.
Su espesa sangre no hace costra en el mármol mudo;
su sombra me persigue con su aliento sombrío,
se clava en mi memoria como un hierro tardío
y escribe en mi conciencia su mandato desnudo.
No desaparece de mi retorcida mente;
su mancha reverbera con fulgor ominoso,
se expande por mis nervios como un humo verdoso,
y dicta en mi conciencia su mandato insistente.
No quise ley ni juez, ni tribunal iracundo;
me evadí de cualquier sentencia y su frío estío;
cerré todas las puertas al humano gentío,
mas dentro de mi pecho se alzó mi propio mundo.
No temo ni a los jueces ni al presidio inminente;
temo al murmullo interno, pertinaz y rabioso,
que roe mi razón con un diente venenoso
y siembra en cada idea su semilla doliente.
Me absuelvo ante el espejo con doctrina torcida;
quiero justificar la violencia ejecutada;
proclamo que mi mano fue instrumento de nada,
mientras late en mi pecho la verdad homicida.
No pago ante los hombres mi crimen cometido;
me absuelvo con sofismas de razón delirante;
me cubro con excusas de perfil arrogante,
mientras tiembla en mis venas el pulso del vencido.
Me encamino por largos pasillos de fe oscura
para encontrar alguna disculpa vil e impura,
que calme mis pensamientos de forma segura,
mientras el pulso tiembla en mi noche de locura.
Camino entre la gente como sombra extranjera;
me cubro con un gesto de aparente cordura,
pero vibra en mis pupilas una fiebre oscura,
que delata en silencio mi interior calavera.
El pesar me corona con su hierro y enredo,
y dicta cada paso en mi oscuro pensamiento,
que roe mis entrañas con fiero sentimiento;
y veo cómo en cada rostro renace el miedo.
Desde entonces, la fiebre me corona la frente;
deliro redenciones que no llegarán jamás;
imagino absoluciones que se rompen detrás;
y un coro de susurros me declara demente.
Sospecho del amigo que me ofrece consuelo;
presiento en cada palabra una trampa encubierta;
descubro en cada gesto una sentencia despierta;
y tiemblo ante la sombra que se cierne en su celo.
Evito las miradas que preguntan calladas;
descifro en cada gesto una acusación sombría;
adivino en cada abrazo una traición impía;
y huyo de las voces que me consultan airadas.
Evito los saludos y cualquier charla trivial;
descifro acusaciones en miradas ajenas;
escucho en cada risa resonancias obscenas;
y presiento que me escruta un tribunal espectral.
Cautivo en la penumbra de mi celda sin piedad,
trazo profundos laberintos en el delirio,
que crece como la negra hiedra en mi martirio,
mientras mi sombra pacta con esta honda soledad.
El llanto me desborda, cual río caudaloso,
y me anuncia en cada sombra una viva tragedia,
que se graba sobre mi pecho, la mente asedia
y firma mi destino en un pacto doloroso.
La culpa roe lento, como ácido encendido;
no duerme ni descansa ni concede reposo;
me susurra en los oídos un salmo tenebroso;
y deja mi corazón rígido y malherido.
No es un huésped amigo, sino dueño tirano;
se apropia del pensamiento en dominio sombrío;
transforma cada impulso en un presagio tardío;
y escribe en cada pulso su designio inhumano.
Mi habitación es cripta de respiración lenta;
el aire se coagula con densidad viscosa;
la lámpara proyecta una mueca pavorosa;
y el techo se desploma en amenaza violenta.
La pesadumbre crece como hiedra maldita,
se enrosca en las arterias del juicio y la memoria,
devora los cimientos secretos de mi historia,
y me deja la esperanza desnuda y proscrita.
Mi alcoba es un abismo de paredes cerradas;
allí crecen espectros de figura doliente,
que laten en murmullo que no calla en mi mente;
y el aire se hace espeso con presencias heladas.
No duermo sin que un grito me atraviese el oído;
no sueño sin que un rostro me contemple sangrante;
vivo por y para oír el latido punzante
de un nombre que resuena con metal oxidado.
La noche me visita con su lámpara mustia;
derrama en las paredes figuras palpitantes,
que avanzan hacia el lecho con perfiles cortantes
y me dejan el aire con un sabor de angustia.
Recuerdo aquella noche de latido violento:
la lámpara temblaba con su luz mortecina;
la sangre dibujaba su rúbrica asesina;
y el tiempo se partía bajo un golpe sangriento.
Al mirarme en el espejo desconozco el rostro;
sus ojos son cavernas de negrura y recelo,
reflejan un infierno sin promesa de cielo,
y acusan en silencio la verdad del monstruo.
No existe ya descanso ni tregua compasiva;
la culpa se apropia del centro del pensamiento,
dirige cada impulso, gobierna cada aliento
y marca con su sello mi conciencia cautiva.
Me remuerde el instante de latido quebrado;
la sangre abriendo surcos sobre el suelo callado;
la vida deslizándose en silencio sagrado;
y el mundo partido bajo el golpe ejecutado.
Debería entregarme al hierro de ley severa;
sentir sobre mis hombros el peso de la culpa;
romper esta muralla que mi orgullo sepulta;
mas huyo de la plaza como una bestia artera.
Me digo que fue justo, necesario y preciso;
me nombro redentor de una causa retorcida;
mas tiembla en mi discurso la palabra homicida,
y el alma se me agrieta bajo un peso indeciso.
El crimen no fue un acto, sino grieta profunda;
abrió dentro del pecho una caverna sombría;
derramó por mis nervios una fiebre tardía
y, desde entonces, todo mi horizonte se inunda.
Quisiera confesarme, desgarrarme en la plaza,
dejar que el castigo me fracture y me redima,
sentir que una sentencia mi delirio sublima,
mas huyo de la ley como animal que se caza.
Prefiero este tormento sin verdugo visible,
este incendio secreto que consume mis días,
esta lluvia de lúgubres, torvas, letanías,
que el hierro de una cárcel tan tangible y temible.
Pero todo se desborda y la razón se astilla;
la culpa se desata con furor desmedido,
deja mi cerebro derrotado y deprimido,
y oprime mi garganta con su garra amarilla.
No sé si me ahogo o si es el aire quien me asfixia,
si el suelo bajo el paso permanece o se inclina,
si el pulso que late todavía me domina,
o soy ya una ruina que en sí misma no se inicia.
Las paredes murmuran con idioma secreto;
la sangre se aparece con frescura reciente;
la víctima camina con mirada doliente
y extiende hacia mi pecho su señal de decreto.
No hay dios en el silencio que me queme la herida;
no hay cielo que reciba mi tardío lamento;
sólo un pozo sin fondo para mi pensamiento
y un eco que repite mi sentencia incumplida.
El miedo se derrama como aceite encendido,
resbala entre mis manos con un viscoso temblor;
me penetra en cada fibra con eléctrico horror
y deja el corazón rígido y ennegrecido.
Ya no huyo de la gente, sólo huyo de mí mismo;
mi sombra me persigue con cuchillo invisible,
me llama por mi nombre con acento terrible
y abre el suelo bajo mis pies en súbito abismo.
Ya no soy el que fui antes de aquel rojo instante;
soy huésped de un delirio que me nombra culpable;
soy reo de un latido perpetuo e implacable,
que dicta en cada pulso su sentencia constante.
La sangre no reclama tribunales humanos,
reclama mi cordura hasta el último vestigio,
reclama que me hunda sin dejar mi testimonio,
y cierre con mi ruina sus designios arcanos.
Y así me voy quebrando sin cadenas ni grito,
condenado a un teatro de visiones sangrientas,
donde el alma se rompe con fracturas violentas,
hasta ser polvo, sin su memoria ni delito.

