Palabras que caen

Para consolar, arrojan palabras al vacío,
presumen de ciencia con solemne palabrería
y en cortejo y amistad reparten su melodía,
y caen, cual pluma sin viento, y vuelven al vacío.

Palabras huecas de compromiso, sin sentimiento,
dichas para cumplir o para dejar un cortejo
y, lo que es peor, para hacer del amor un festejo
o, en envidiosa amistad, ganar su consentimiento.

En política vomitan discursos a presentes;
no saben lo que dicen, mas los miran despistados
o los escuchan sin oír y quedan extraviados,
y su eco no regresa ni despierta a los presentes.

Nada se escucha, ni cuestiona ni se reflexiona,
para poder descubrir su vaciedad o falsedad.
A preguntas se responde en evasiva que entona,
o simplemente no se consienten en realidad.

Oratorias rancias, llenas de tópicos manidos,
resucitan fantasmas, forjan un imaginario
donde culpan al otro e inventan un adversario,
y así tapan sus fallos con miedos resucitados.

Crean falsos enemigos a los que echar la culpa,
donde volcar cualquier frustración, odio y su vergüenza
y así desviar la atención sin pedir una disculpa
ni que sospechen lo que esconden tras esta destreza.

Con demagogia de saldo se disfraza la verdad,
se demuestra lo imposible con un gesto indecente,
y presenta media prueba con tono vehemente,
hasta que la mentira quede revista de verdad.

Repite el pregonero la consigna una y otra vez;
por credulidad y hartazgo quedan mansos, cansados,
ovejas en rebaños ya dócilmente domados;
y su tedio la corona como gran dogma de prez.

Se retuerce y repite una y mil veces la mentira,
con medias verdades para confundir la memoria,
ocultando lo que las desmiente en su trayectoria,
para esos crédulos donde toda verdad expira.

Alzan gruesa cortina, con mucho teatro gris y humo,
para que nadie revise su miseria y pobreza,
ni note la cadena disfrazada de pereza
y, distraídos, aplaudan este truco de consumo.

En los púlpitos de espuma croa absurda liturgia;
un sapo con traje y alzacuello corona al dragón:
las nubes aplauden la “falla” con santo de cartón;
y nadie oye el silencio que parodia su liturgia.

Pero recordemos que las “fallas” arden y se queman
con el jolgorio de espectadores y de turistas.
Al final todo encubrimiento aflora en las revistas,
y hasta aquellos crédulos se rebelan y enajenan.

Hay palabras que, al caer, despiertan una certeza;
que obligan a quien las escucha a detenerse a pensar;
pero el adepto prefiere no dudar ni razonar,
y deja que la herida se resuelva con dureza.

Otras, demuestran una realidad que despierta
y, porque los hiere, ninguno desea conocer;
porque ser un esclavo sin conocerlo ha de escocer:
se necesita una razón y reflexión abierta.

Así, caen palabras como un rezo en el vacío
si el coro las bendice respondiendo con amén
o, si el sectario las guarda como su dogma, también
rebotan, no fecundan, se disuelven en vacío.

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