Por tenebrosos rincones,
soterrados y en silencio,
me devoran los ratones
de mi pensamiento inquieto,
confundiendo mi cerebro
al incubar sus terrores
por ser el cancerbero
que los mantiene deformes.
Siento su latir incierto
apretándome las sienes
para mayor desconcierto
y frustraciones perennes.
Galopan por mi cerebro
con sus mil ideas sin fin,
hasta que en el sueño quiebro
su cruel tañer de batintín.
Me hieren y me laceran;
pugnan por salir afuera
con palabras que acrecientan
el dolor por tanta espera.
¡Qué angustioso me es el pensar
por no poderlo transcribir
ni saber cómo he de expresar
lo que nos hace así sufrir!
¿Con qué palabras expreso
sentimientos que se agolpan
convirtiéndome en un preso
al que la mente devoran?
Sé que morirán conmigo
por no saber expresarlos,
sin merecer el castigo
al que voy a condenarlos.
Por eso bullen en tropel
y escapan de mi cerebro,
para agolparse en el dintel
sin alcanzar su deseo,
pues les falta la palabra
que secunde sus esfuerzos
y les quite la zozobra
de morir sin un recuerdo.
Ahora reposan inquietos
fecundando mi criterio
con susurrados anhelos
que hieren mi magisterio
hasta hacerme parturienta
que, con dolores de parto,
da a luz criatura sangrienta
entre alaridos de espanto.
Y gritan en mi corazón
y desgarran con él mi alma,
sin hallar ninguna razón
que me devuelva la calma.
Por eso escribo estos versos
desolados y harapientos.
Son pensamientos perversos
que crecen como sarmientos;
engendro y monstruosa prole
que en mis ideas milita
hasta que yo las inmole
en aras de un poema.

