Con cien mil normas clavadas,
que muerden mi pensamiento,
cual reloj en su momento,
vivo en horas amargadas.
Mi pulso late enfadado,
en respuesta prisionera
de tanta norma y quimera,
con un aullido desfasado.
Dicen cuándo y a quién amar,
de modo exacto y sellado;
sueñan haber despertado
sin comprender lo que es soñar.
Duermo en ciudades quemadas
por la obstinación y el ruido,
que mi pecho ha decidido
mantenerlas alejadas.
La cordura es como un traje
prolijamente planchado,
pero demasiado usado,
que pudre el peregrinaje.
Vivo atado a viejas normas.
Estoy preso de lo ingrato,
que me aprieta con maltrato
y promete nuevas formas.
Pronto el alma se deforma,
marcada por el mandato,
con relojes sin recato,
que sangran sin una norma.
El sueño no se conforma.
La razón muerde mi estado,
como cuervo encapotado,
en lucha contra la norma.
Con el miedo haciendo estragos,
mis deseos son contrato
sujetos hoy al decreto
de soportar sus enfados.
He contemplado a Dios fumar
tras un espejo quebrado,
como un cuervo accidentado
bebiendo el oleaje del mar.
Agudo graznó: “sé normal”;
y yo reí deslenguado
sin parecer educado,
porque lo eterno no es formal.
Vi a Dios reír tras los rezos
y a la muerte en un mal rato,
con su risa sin recato,
burlándose de los necios.
Me gritó: “obedece normas”;
me llamó anormal e ingrato;
y rompí su viejo trato
y mordí sus falsas formas.
Amo y odio sin reformas.
Soy la llaga que maltrato;
soy mi juez y mi retrato;
soy mi herida; soy mis normas.
Sé que amo y detesto al tiempo,
como un juez que ha renegado
y es reo de lo deseado
cuando se lo lleva el viento.
Quiero permanecer sin huir;
pertenecer, como el resto,
a normas que dicta el gesto
y, por fin, dejar de inquirir.
Si vivir exige formas,
si existir exige trato,
arderé sin un contrato,
si elijo seguir sin normas.
Respirar lo ya pactado,
ser rey inclasificable,
delirio menospreciable,
pero animal indomado.

