En el latido del mundo

En el murmullo susurrante del viento,
se escribe con el eco de un canto antiguo
un pulso azul y verde, que se despierta
cuando al caer el sol roza la piel del río.

La tarde, con su paleta color de oro,
colorea el borde secreto del bosque,
y el mundo, prendado de tan bello instante,
abre sus manos y recibe su esplendor.

Con avaricia, la tierra guarda historias
en escondidas raíces que nunca vemos,
allí donde sólo el silencio germina
abriéndose paso hasta llegar al cielo.

Somos hojas en un árbol vasto,
viajeros de estaciones y de tiempo,
a veces luz, a veces sombra,
siempre buscando el tesoro de su aliento.

Nosotros somos visión del mismo sueño
y nos reconoceremos en el viento:
tú, como la primavera que regresa;
yo, como el ansioso árbol que siempre espera.

Sabes que la vida se teje sin prisa,
como hacer un nido entre las ramas nuevas,
donde cada día hay un brote tímido
que aprende a sostener con vigor su fuerza.

Y cuando ese sol se abraza al horizonte,
las sombras se revisten de su eternidad,
porque en cada naturaleza del amor
tú renaces para poder encontrarte.

Tu paso es susurro al caer un pétalo
que al desprenderse desea despedirse,
pero en su caída sólo nos deja un rastro
en el que el ocaso pronuncia tu nombre.

El cielo se arrodilla con su rostro azul,
en busca de reflejarse en esos ojos
y llenarlos con su promesa de un alba
capaz de florecer incluso en la noche.

Eres como lluvia que besa la tierra
hasta conseguir despertar su memoria,
y en cada una de tus gotas se revela
un deseo sin necesitar palabras.

Y en la alocada danza de nuestro mundo,
con montes respirando y mares que sueñan,
descubriremos que todos somos parte
del mismo latido que la tierra lleva.

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