No os basta el ritmo perfecto,
ni el endecasílabo bruñido como espada,
tampoco la rima que os recuerda
vacías bóvedas en los templos.
Necesitáis libertad de palabra,
sin cadenas que enturbien el pensamiento.
Hoy, quien me lea
prefiere a mi balbuceo desnudo
ese hilo roto,
una respiración hecha palabra
sin ataduras,
sin una música que suene antigua.
Y yo, fracasado poeta,
con el peso de sílabas contadas,
me miro en el espejo de las rimas
que domaron mi mano
como bridas de caballo desbocado,
y me siento de mis fantasías despojado.
El tiempo me pide
abandonar mi orden
para entrar en el imprevisible verso libre;
y me exige, urgente,
que no busque la belleza en cada cadencia,
sino aceptando su inevitable fractura.
Pero hay un fuego que nos distingue:
la poesía no se doblega ante un molde.
Es río que fluye,
sea en un cauce tallado en piedra,
en lluvia deshecha en charcos,
o en llanto que corra por un rostro.
Si mi poema es vintage,
y vuestro verso libre,
pintura abstracta;
ambos, sin embargo,
nos muestran el mismo concepto:
el intento humano
de captar el sentimiento imposible.

