El pescador

Revisa los anzuelos con solemne destreza;
prepara los señuelos con su brillo tentador;
guarda gusanos vivos con un gesto soñador;
y afila cada nudo con grave fortaleza.

Se ajusta el pantalón de hule con terca firmeza;
las botas hasta el muslo le prometen protección;
palpa el sedal, lo tensa, verifica su tensión;
y carga con la caña como arma de nobleza.

La nasa cuelga al hombro, vacía de riqueza;
se dirige hacia el secreto ribazo del rumor,
donde el río se adensa con un hondo resplandor,
como un templo de agua velado entre la maleza.

Se detiene un instante con honda gentileza;
recuerda viejas voces de un antiguo pescador;
la mano de su padre marcando la dirección;
y un eco de su infancia le roza la cabeza.

Lanza el sedal al aire con épica destreza;
el plomo hiende el agua con seco chapoteo;
el hilo canta tenso su claro parpadeo;
y clava el firme apoyo con gesto de firmeza.

Coloca firme la caña con sobria entereza;
despliega el banquillo de vieja tela sin color;
enciende un cigarrillo con un lento resplandor
y el humo asciende al cielo con triste ligereza.

El río corre manso, murmura con pereza;
sus ojos van perdiéndose en un íntimo temblor;
el tiempo se diluye sin prisa, con estupor;
y el mundo se hace mínimo bajo la corteza.

De pronto, la caña se curva con gran violencia;
el flotador se hunde en una brusca sacudida;
el hilo vibra tenso prometiendo la vida;
retumba el pulso, marcando con terca insistencia.

Empuña firme la caña con honda entereza:
con una mano afirma la curva del acero;
con la otra, gira el torno constante y verdadero,
y siente que en su sangre despierta la grandeza.

El sedal vibra ardiente reclamando presteza;
recoge el húmedo hilo con pulso decidido;
y el carrete gira con el loco recorrido
que su manivela le marca con gran destreza.

Asoma entre las aguas el pez en su fiereza;
platea su batalla con un último fulgor
breve; boquea en el aire en busca de su clamor,
mientras tiembla la orilla rendida a su belleza.

Lo alza con gesto grave, sin rastro de torpeza;
le libra del anzuelo con pulso dominador;
y al fin lo guarda en la nasa, vibrando en su interior
como un trofeo vivo guardado en la aspereza.

Cierra el ancho cestillo de mimbre con su presa;
renueva pronto el cebo con mano previsora,
repitiendo el ritual que al pescador enamora,
mientras la tarde inclina su luz sobre la dehesa.

Así colma la nasa de fértil abundancia,
hasta que su peso anuncia cumplida la labor;
entonces, pliega el mundo con un gesto soñador
y recoge su sedal con dulce vigilancia.

Revisa las capturas paciente y silencioso,
y acomoda en la cesta su brillo plateado;
desarma ya la caña, dejándola a su lado,
y recoge el banquillo con gesto cuidadoso.

Se cuelga al hombro el peso vibrante de la pesca;
sonríe satisfecho y observa el cauce umbrío;
atento, escucha cómo suena el rumor del río ,
y regresa a su casa con paso que no cesa.

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