Miedo infantil

Cuando la noche empieza su caminar,
se guardan mis juguetes bajo el lecho.
En la pared, las sombras empiezan a andar,
y el miedo cuchichea desde el techo.

La luna, ojo que nunca pestañea,
me vigila en mi sueño sin compasión;
entre luces y sombras se pasea
y susurra en silencio su petición.

La rama de un árbol roza mi cristal,
parece un monstruo que solicita entrar;
me abrazo a mi osito, siempre fiel y leal,
que me asegura nadie va a penetrar.

Crujen los muebles quejido que aterra,
susurran quejas que nadie respetó.
La puerta entreabierta al miedo destierra,
aunque sé que el abismo se despertó.

Escucho soplar el viento con rencor,
cómo palpita fuerte en mi corazón,
y cierro los ojos lleno de temor,
soñando que soy príncipe ante un dragón.

Me apresa el monstruo con dedos huesudos,
la manta no alcanza a mi miedo cubrir,
los muebles gritan crujidos agudos,
como si de pronto pudieran vivir.

Caen mis lágrimas y nadie contesta;
la oscuridad amplifica mi terror;
los rincones guardan maldad molesta,
que me observa con ojos de puro horror.

Y aunque no existan los monstruos de verdad,
la imaginación los crea en su ignorancia;
pero mamá me consuela con bondad
y espanta a los miedos con su presencia.

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