En una tasca de barrio
veo a un hombre que,
apoyado en el mostrador,
pidiendo va un vaso tras otro.
—Otra copa camarero,
de lo más fuerte que tenga;
póngala hasta arriba, llena.
¿Cómo?, ¿que el bar va a cerrarse?
¡Espere un poco, amigo!
Voy a contarle mis penas.
¡Atienda a lo que le digo!
Pero póngame otra copa,
para que no afluyan las lágrimas
y pueda contar la historia
y no llore aunque tenga ganas.
Yo me casé hace dos años
con una mujer bella.
Vivía feliz en mi casa
y sólo la quería a ella.
Yo era pobre, pero a ella
nunca le faltó de nada.
Si una alhaja me pedía,
yo, dos le llevaba a casa.
Pero un día pidió algo
que yo no podía darle.
Pidió que yo fuera guapo,
pues así no le gustaba.
Así, marchó de mi casa
sin decirme una palabra.
Me enteré que se había ido
con un guapo mozo a Francia.
Aquí dejó a mi hija
recordando la nana
que ella tarareaba
cuando su niña lloraba.
¡Está bien! Deja al marido
que al contemplar una mañana
dijiste: ‘¡Qué feo eres!’
riéndote a carcajadas,
pero, a tu hija, ¡nunca!
¿Qué hará ahora sin su nana?
Más yo seré para la chica
el que la canta su nana.
¡No me ponga más cazalla;
he de cuidar a mi hija,
y el borracho ya se marcha!

