Melena rubia, labios fruncidos;
bronceado por color rojo de ira;
pulgar hacia arriba con mentira;
ojos de azul tormentoso, huidizos.
Junto a su miss vedette modelo,
que es ¿hija adoptiva o una esposa?
pues la utiliza como una cosa,
como lo haría un ufano abuelo.
Algunos lo llamaban trompeta,
pero se quedó sólo en corneta,
aunque más parece marioneta
con su maquillaje de aspereza.
El Pato Donald se ha renombrado,
y su nombre ya no será el mismo,
por si alguien confunde su cinismo,
pues él es hombre muy resabiado.
Estima que es dios omnipotente,
sin ley, sólo sujeto a su moral,
desatando tanta fuerza mortal,
que la gente susurra impotente.
Dice: “lo de los demás es mío,
porque ahora yo soy el más fuerte;
borraré el mundo con aguafuerte
hasta que me ovacione el gentío”.
“César, el emperador, es poco,
pues mis ambiciones van más allá;
hasta Napoleón me envidiará,
porque todo el mundo yo trastoco”.
Al lado, su perro guardián ladra,
comprado en Apeninos o Cuba,
que en su jauría toca la tuba
aguardando a ser quien lo descuadra.
Le llaman rubio, aunque es moreno,
y con otros forma un triunvirato
Pedro Ximénez, gran timorato,
y Juanchito, apodado el veneno.
¡Qué gran inmobiliaria es el mundo!,
dirá cuando lo expropie el corneta,
y los expandirá con su jeta,
furioso rostro del inframundo.
En cualquier lugar mete su zarpa
enviando a muchos de sus esbirros;
el mundo lo observa entre suspiros
y sueña con lavar su zurrapa.
El tiempo repetirá su historia,
cuando pierda corona y su trono,
ego maníaco con encono,
que siempre afrentará la memoria.
Pasará como todo en la historia:
el tiempo en polvo lo convertirá
y en los libros su vida archivará,
para mostrarnos su trayectoria.

