Estaba asomado
a nuestra ventana.
Olía a quemado,
ovejas y lana.
Pacían tras la cerca,
junto a la casa,
bordeando la alberca,
detrás de la estaca.
Pastaban tan juntas;
rumiaban tan anchas,
desde una punta
pasando la zanja,
que a mí me mecían
y me sosegaban
mientras las veía
cómo rumiaban.
Alguna balaba
con una voz queda,
sonata alada
de alma en pena.
El pastor comía
leche, pan y queso,
la mejor comida
que tuviera Creso.
Yo bajé a la puerta
y salí al redil;
me fui a la huerta
y encendí el candil.
Me acerqué a ellas,
observé sus rostros
y, como entre sueños,
oí con rebozo
canción tan pura,
linda y hermosa
que, mientras dura,
aún suena gozosa.
Como embriagado,
escuché atento
y, descuidado
por su dulce acento,
olvidé el candil
sobre el blando suelo.
Como era en abril,
lo volcó el viento
prendiendo el henil
con mi descontento.
Y ardió el redil,
y se fue mi sueño,
y el pastorcillo
se marchó ligero
sobre su potrillo
de andar risueño.
Así se interrumpen
muchos embelesos
de quienes quieren
vivir entre sueños.
Quemados al viento
por candil ligero,
duran un momento,
corto y veletero.

