La segunda crucifixión

Te coronaré de zarzas y espinas,
para volverte tan loco como yo;
pues tanto sacrificio a nadie sirvió
y estarás sujeto a mis disciplinas.

Para que sepas quién es el que manda,
después te crucificaré en recuerdo
de tu crucifixión por desacuerdo
y lo sufrido por tu propaganda.

¡Pronto! —me digo—. Acabemos la escena.
La corona levanto ensangrentada
con la sangre de mi mano apretada,
para que en tu frente se vea plena.

Me hiero al trenzar cada tallo amargo.
¿Lo ves? Mi sangre empapa tu corona
y aun tu silencio frío no perdona,
ni alegas nada para tu descargo.

¿Servirá tu sangre recién brotada
para lavar la humanidad obscena
que tan sólo alaba tú última cena
y vive sorda, trágica y cegada?

Aprieto más. Las púas se deslizan
sobre la sien de yeso y de peluca;
mi pulso tiembla, el corazón se ofusca,
mis pensamientos hierven y se erizan.

¡Sufre!, te grito, mientras se deslizan
mis dudas por la estancia que me ofusca.
Pues siglo tras siglo el hombre te juzga
y en tu silencio eterno se eternizan.

Ahora, te corono rey de la gente
con trenzas vivas de punzante espina;
que tu sangre brote roja, asesina,
y enloquezcas rendido ante mi mente.

Te quiero rey del mundo y de mi llanto,
rey del dolor que dentro me devora;
serás mi Dios y yo quien te corona,
pues, si he de adorarte, será en espanto.

¡Mira la púrpura que te desgarra!
La hice con manos rotas y furiosas,
como palabras frías, rencorosas,
en cada espina que tu sien desgarra.

Que sientas, como yo, feroz y ardiente,
la idea fija, oscura y repentina,
de estar bajo mi pulso que domina
y me proclama dios omnipotente.

Seré tu ley, tu voz y tu destino;
mi voluntad te forjará en la pena,
hasta que me libres de esta condena,
como un herrero trágico y divino.

Te ciño espinas, ¡mira cómo sangro!
La trenza muerde viva mi corona;
mi sangre es caliente, mas no perdona,
y aun callas, frío, inmóvil como un mármol.

Te nombro rey del mundo que desangro,
rey del dolor que en mi interior resuena.
Si he de llamarte Dios, será en mi pena,
porque hoy mi mano es ley y yo te mando.

¿Lo oyes? Yo mando; dicto tu agonía.
Fui siervo fiel, creyente arrodillado,
mientras Tú me abandonaste olvidado
y hoy soy el pulso cruel que te vacía.

Hoy mando yo. ¿Lo entiendes? Yo te mando;
yo dicto ley; yo marco tu destino.
Te hice de yeso, fiebre y desvarío.
Antes fui tu siervo, ahora soy tu amo.

Después, sobre la cruz, tu carne ajena
alzará el eco antiguo del camino
de locura que lleva al desatino,
que yo crucé en mi infancia de condena.

Te clavaré en la cruz, que está esperando
—dos troncos secos, cruce de caminos—;
y te alzaré a golpes entre cretinos,
para que ellos te sigan adorando.

Te alzaré en alto. El mundo te contempla.
Dirán que eres imagen venerable.
No verán que esta rabia despreciable
es más real que el yeso que te templa.

No me mires así, crucificado;
me vuelve loco cómo yo vivía,
por creer que al servirte no sería
obseso de tu reino no alcanzado.

Aprieto más. Que entren bien las espinas.
Que sientas en la sien mi pensamiento
cuando devuelves hielo a mi lamento.
Cada púa es un grito que asesina.

¡Habla! ¿Te arde la frente que iluminas?
¿No sientes este ardor que me devora?
Te hice con fiebre, barro y con horas
de fe de mis lágrimas clandestinas.

Mira este hierro antiguo y oxidado.
No es sólo clavo: es odio acumulado.
Es cada duro golpe que me han dado,
es ese perdón jamás pronunciado.

Te clavaré despacio. Cada herida
será memoria viva de mi historia:
la mano alzada, el grito sin victoria,
la fe quebrada, amarga y malherida.

Tanta será la sangre ya vertida
como la que empapó mi amarga euforia
al combatir, ingenuo, en la ilusoria
batalla por salvar toda otra vida.

Cada martillo vibrará en tu cuerpo;
no por la madera ni por el hierro,
tampoco por tu posterior entierro,
sino por mi delirio siempre acerbo.

No es sólo clavo: es mundo en su destierro,
es odio acumulado en lo superfluo,
es el sentimiento en cada individuo,
es rabia vieja convertida en yerro.

Gritarás —aunque sé que no respiras—
con la mudez terrible de la imagen;
y el agua y sangre, en lúgubre oleaje,
brotarán como todas mis mentiras.

Te daré hiel, vinagre y viejas iras,
para que pruebes, triste personaje,
la acidez cotidiana del ultraje
que el mundo bebe mientras te retiras.

Tú serás mi obra cumbre; mi venganza;
la encarnación del dolor repetido;
la conciencia del hombre arrepentido
en siglo tras siglo, lanza tras lanza.

Mas el gentío, torpe y distraído,
verá tan sólo forma y semejanza;
una imagen de bienaventuranza,
no dolor depositado y hundido.

Dirán: “Es Cristo, el mártir doloroso”.
Verán tus manos tensas, suplicantes,
tus piernas curvas, rígidas, punzantes,
tu gesto místico, solemne y hosco.

Mas no verán el fondo tembloroso:
que en cada veta y surco lacerantes
hay odios, culpas, miedos arrogantes
que a todos crucifican rencorosos.

Acariciarán la áspera corteza,
sin comprender que es vida desgarrada
dentro de Tú imagen que, al ser sagrada,
nos mostrará su trágica pobreza.

Confundirán tu lágrima salada
con arte fiel, con técnica y destreza;
sólo contemplarán su arte y pureza,
sin ver que es su conciencia desangrada.

Y yo, tras tanto oír sus opiniones,
dudaré al fin de mi verdad secreta;
quizá me llamen loco y la saeta
de su razón me parta en dos mitones.

Si cedo a sus constantes negaciones
y creo que mi idea es incompleta,
moriré en ti, como alma ya sujeta
a sus cambiantes y ciegas pasiones.

Mira este hierro antiguo y oxidado.
¿Sabes qué es? Es envidia contenida;
es la cobarde huida de la vida;
es el rencor que llevo acumulado.

Tomo el martillo. El hierro antiguo canta.
Coloco el clavo en taladrada mano,
tembloroso por el gesto inhumano,
y el primer golpe el aire desencanta.

Te clavo todo aquello que he sufrido.
No a tu imagen —y ¡mírame a la cara! —;
a la dura mano que en vida avara
me abrió la carne a golpes sin sentido

Cada martillazo es mundo que te odia;
es la traición que damos al hermano;
es el placer pequeño y cotidiano;
es la zancadilla vil y sórdida.

¿Duele? ¡Que duela! Vibre tu costado.
Cada golpe es el mundo que te hiere.
No es mi vil venganza, ¡no!; es el pecado
de quien su culpa en ti descargar quiere.

¿Duele? ¡Que duela! Tiembla tu madera.
Que el golpe vibre en todo tu costado;
es el clamor del mundo acumulado.
No es mi venganza sola la que impera.

Te crucifican hoy con mi martillo,
porque no quieren verse responsables.
Te culpan a ti, eterno y sencillo,
para seguir tranquilos y culpables.

No es mi revancha: es un clamor humano;
es mundo que su culpa te levanta
y que en tu imagen la vuelca y quebranta,
para no verse a sí mismo inhumano.

A ver, colócame aquí la otra mano;
con este clavo yo la he de traspasar,
para que ya no te puedas desplazar
y te retuerzas como hace un gusano.

Te culpan porque es fácil señalarte.
Te clavan para no reconocerse.
Te observan sin responsabilizarse
del mal que eligen todos al odiarte.

Cada impacto retumba en mi conciencia;
no en tu madera fría y perforada,
sino en mi fe, tan frágil y cansada,
que exige una respuesta, una presencia.

Te odié por tu callada indiferencia,
por cada súplica no contestada,
por cada noche en que mi voz quebrada
no obtuvo más que muda transparencia.

Yo te contaba todo, como amigo;
tú escuchabas, severo y silencioso,
envuelto en Tu misterio sospechoso.
Pedí una voz, un mínimo testigo.

Te hablé de golpes, miedo y de vergüenza.
Te di mi fe desnuda, como un niño.
Mas callaste mi ruego más sencillo,
siempre severo, inmóvil en tu ausencia.

Me confesé en mis noches más inciertas.
Una palabra, un mínimo consuelo,
y tú me devolvías sólo hielo.
Yo sólo pedía una voz. ¿Lo recuerdas?

Te di mi fe como quien da la vida.
Te conté todo. Fui niño asustado.
Y tú, de yeso hermoso y bien tallado,
callaste ante mi súplica encendida.

Yo sí recuerdo. Me arde como sodio;
me quema más que espina que se traga
hasta ser una tormentosa llaga.
¿Me odias? No, no sabes lo que es el odio.

Rompe este yeso. Incendia este sosiego.
Nadie más que yo podría escucharte.
Haz que no sea inútil coronarte.
Háblame. Sólo una vez. Te lo ruego.

Nada. Sólo el taller y mi suspiro.
Tú en la cruz. Yo aquí abajo, derrotado.
Y sigo siendo yo el crucificado.
¡Sí! Te he crucificado en mi delirio.

Mas no te inquietes, que aun no he acabado;
necesito clavarte también los pies,
para que no me des algún puntapié
al levantarte estando así clavado.

Te hundo en la cruz y dentro de mi pecho.
Ahora te fijo al leño, lentamente.
Cada golpe resuena en mi presente
como un “no” que me deja insatisfecho.

Quiero matar tu idea. Ser un hombre.
No santo, no visionario, no mártir,
y no volver a enloquecer por no oír.
Quiero arrancar tu sombra de mi nombre.

¡Los mártires son locos que desean
morir por verte arder en su mirada!
No quiero más locura consagrada.
Yo ya crucé esas fiebres que me cercan.

¿Tan egoísta eres? ¿Tan inaccesible?
Si tu rostro es espejo de mi cara,
para que tu silencio se quebrara,
me faltaría un soplo imperceptible.

No te pedí riquezas ni victoria;
mas me negaste el mínimo milagro
de no tratarme como a un guijarro,
hablándole a la nada de su historia.

Nada. Ni un gesto leve y compasivo.
Me vi en tu rostro, idéntico y penoso,
cual triste retrato de un ser quejoso,
espejo inmóvil, cruel y pensativo.

¿He malgastado vida y sufrimiento
por una quimera muda y distante?
¡Responde! ¡Grita por un solo instante!
¡Rompe este silencio con tu lamento!

Mas sólo el eco vuelve, macilento.
Eres figura, imagen expectante;
y yo, artesano loco y vacilante,
me crucifico en ti a cada momento.

Golpe tras golpe el pie queda fijado,
salta la pintura con mi esperanza,
y quedas desnudo ante mi venganza.
Tu cuerpo queda rígido, arqueado.

Eres tan real que espero un quejido.
Tan parecido a mí, que me estremeces
como si nunca oyera lo que ofreces,
pero te quedas mudo y suspendido.

Falta el costado. ¡Sí! La herida abierta.
Como la mía, vieja y nunca limpia.
Que el mundo beba culpa en su malicia;
que brote agua y sangre por la grieta.

Que salga todo. Que derrames todo.
Bautiza al mundo con tu nuevo daño.
Que sepa cuánto amarga el desengaño;
que pruebe hiel y vinagre en su lodo.

Porque eres carne mía, lo confieso.
Al herirte, yo me atravieso entero,
porque al modelarte asumí el sendero
de cargar con tu cruz y con tu peso.

Mañana irás al templo separado.
Te mirarán con ojos admirados,
sin ver mis nervios rotos y sangrados.
Ellos dirán: “¡Qué Cristo más logrado!

Lo han realizado con gran realismo”.
Verán tu gesto grave y desgarrado.
Nunca imaginarán lo que ha costado,
y lo llamarán arte o misticismo.

Llamarán arte a lágrimas saladas,
que son conciencia humana que envenena.
Verán tus piernas combadas con pena
y esas manos tan tensas y crispadas.

No verán que tu cruz es su egoísmo;
que esos dos leños son sus divisiones;
que cada veta es odio y es cinismo;
que en cada clavo laten sus traiciones.

Mi rostro será el tuyo en el madero.
Mi nombre quedará bajo la piedra
que, con odio, sus almas enrarece.
Tu cruz será mi símbolo sincero.

Olvidarán que en cada veta oscura
hay mucho egoísmo, envidia y cobardía,
clavada al prójimo día tras día;
que cada clavo es su propia tortura.

Dirán que es Cristo. No dirán mi nombre.
Representarás un dolor intenso;
mi verdad se diluirá en el incienso;
mi dolor quedará fuera del hombre.

Y, quizás, un día yo también lo crea:
que todo fue delirio desmedido;
que todo fue dolor enloquecido;
y que no hubo herida, fe ni tarea.

Si cedo a eso, muero aquí contigo.
Seré tu estatua de piedra y silencio,
y besaré la nada por incienso.
Perderé lo que soy, lo que persigo.

Haz que no sea inútil esta vida;
que no sea yo quien aquí perezca;
que tu voz rompa el yeso y aparezca.
¡Háblame una vez! ¡Sal de tu guarida!

Quizás, al final, ni tú ni yo existimos
fuera de esta obsesión que nos devora;
quizá la cruz que alzamos a deshora
sea el cruce fatal que no advertimos.

Si el mundo sigue ciego, como vemos,
y olvida ese fondo mientras te adora,
mi obra será ceniza y será escoria,
y en ceguera eterna persistiremos.

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