Historia de una marioneta

Danzaba la bella de rostro pintado,
sus labios de carmín fingían calor,
mas todo su cuerpo de cedro tallado
bailaba al mandato de un frío señor.

Un titiritero, oculto en lo más alto,
con sus hilos, sus movimientos guiaba,
para que ella no sufriera un sobresalto
en el tiempo que la función duraba.

Cuando sus hilos, por uso, se enredaban,
él, delicado, los desenredaba;
sus manos, cualquier defecto lo arreglaban,
para que siempre luciera encantada.

Brincaba a la luz de su teatro embrujado.
Manos, cruceta en lo alto, guiaban su andar
con sólo cuatro hilos de lino trenzado
y un simple alambre prendido a su pensar.

Se sentía la protagonista bella,
con una voz angelical prestada,
interpretando en compañía plebeya
cuentos de una teatralidad ajada.

Pavoneándose de su canto angelical,
danzaba ligera en pasos de baile,
como una cenicienta en su noche nupcial;
la bella y la bestia con su donaire.

Los hilos de lino ceñían su paso:
dos en las muñecas, dos más en los pies,
y en el pelo, cruel y de alambre, su lazo,
con la frente rendida a un yugo al bies.

Ella así maldecía y despotricaba,
con belleza afeada por el enfado,
luchando contra lo que a su cuerpo ataba,
produciéndole tan gran desagrado:

“¡Oh, hilos malditos, verdugos de mi alma,
cadenas de un sueño que quiere gritar!
Envidio la sangre que corre en la palma
de aquellos que libres pueden caminar”.

La escena la realzaba en danzas de gloria;
vestida de cuento, reina o doncella,
su voz era ajena, su gesto era historia
en cuerpo de cedro y cárcel de estrella.

Sus brazos movía con gracia divina,
sus piernas danzaban con paso fugaz;
parecía un ángel de voz cristalina,
cenicienta en ajado cuento tenaz.

Presumía del traje, canto y su vuelo,
la bella en la fiesta, la rosa en su sien,
sus sueños son cuentos de música y cielo,
odiando los hilos que marcan su bien.

Viéndolos tiranos, cadenas de viento,
odiaba y maldecía el nudo fatal,
soñando ser libre, con propio talento,
con alma y latido de carne mortal.

“Si yo fuera humana y tuviera su vida,
podría amar y olvidar el olvido;
dejar de ser marioneta consentida,
y que nadie maneje mi destino.

Vería latir mi corazón y mi alma,
y envejecería sin este odio,
regando pétalos de besos en calma
con las lágrimas de un amor custodio.

Dejaría de ser insignificante,
para ser valorada en lo que valgo;
convertirme en espectador vigilante,
sin ser actriz de reparto hidalgo”.

El titerista, agazapado en lo oscuro,
la amaba en silencio con loca pasión,
curaba sus grietas, su gesto inseguro,
desenredaba hilos con devoción.

Rendido galán, la cuidaba amoroso
y arreglaba el hilo con mimo ejemplar,
deshaciendo nudos con celo precioso,
y pronto la hacía revolotear.

Descuidada, resultaba tan perfecta,
que destronarla ninguna era capaz,
las otras la odiaban con furia secreta
y en sombras discutían su gloria y faz.

Las demás figuras, en cajas dormidas,
la envidiaban. Casi mordiendo el rencor,
decían: “¿Por qué sus miradas rendidas
se clavan en ella con tanto fervor?”.

De noche, dormidas en cajas calladas,
sus mentes rumiaban tamaño rencor:
“¿Por qué esa con seda y las uñas pintadas
recibe las flores, palmas, y su amor?”.

Mas ella soñaba romper la cadena,
volverse de carne, tener un latir,
ser dueña de pasos, de gozo y de pena,
poder en sus brazos la vida sentir.

Y, triste, suspiraba viendo a la gente:
“¡Qué bello es moverse sin dueño en la piel!
¡Dar pasos fuera de esta cárcel demente
y bailar sin que tiren de un hilo cruel!”.

Un día, su deseo, de tanto rogar,
logró que algún envidioso cumpliera:
con un filo brillante consiguió cortar
los hilos que ataban danza ligera.

Una noche oscura, la suerte fue dada:
un filo brillante cortó su prisión.
La hebra de hierro cruel cayó desgajada,
sus hilos de lino rodaron al son.

Cayó la marioneta, rota en el suelo,
su cuerpo de madera no supo alzar,
sin hilos no tuvo ni voz ni consuelo,
murió su esperanza de humana bailar.

Cayó la muñeca sin vida ni aliento,
su máscara rota besó el pedregal;
sin dueño, sin hilo, sin cielo ni aliento,
no halló movimiento, ni pudo cantar.

Su protector lloró, perdido en su rincón;
sus manos temblaron de luto y vejez,
pues nunca se figuró que aquella ilusión
viviera en marioneta sin sensatez.

El hombre que amaba su frágil madera
gritó como un padre que pierde la fe:
“¡No había alma en la forma, aunque lo quisiera,
los hilos que odiabas hacían tu ser!”.

“Ahora, en la sombra descansas olvidada,
los ojos pintados no logran llorar
y en ellos se enciende, de forma callada,
un rastro de polvo que pide bailar”.

Difunta en el cofre descansa callada,
con deseos que no puede formular,
y en sueños recuerda, perfecta y alada,
los hilos que odió y la hacían volar.

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