La puerta

¿Qué se esconde tras la puerta?
¿Por qué cierra este pasillo?
¿Por qué no tiene un pestillo
y dudas en mí despierta?

Camino por un pasillo
sin puertas ni una ventana;
cerrando el paso, liviana,
una puerta sin pestillo.

Lo preside cual decana
que guarda horrible secreto,
armario con esqueleto
o una fortuna cercana.

Sólo yo tengo la llave,
mas no sé lo que encontraré;
respuestas que descubriré
con una desazón grave.

¿Será perdón o castigo?
¿Habrá un cielo o un infierno?
¿Qué me aguardará allí dentro:
ser rey o ser un mendigo?

Es muy largo este pasillo,
largo y en semipenumbra;
una débil luz lo alumbra
con su mortecino brillo.

Mi sombra se multiplica,
va delante, atrás y al lado,
dejando el miedo sembrado
en mente que mortifica.

Camino lento, cansado,
perseguido por mis sombras,
que me muerden como cobras
y dejan atormentado.

El pasillo parece arder
y estrecharse a cada paso,
con preguntas que retraso
y respuestas sin conocer.

En mi mente luce triste
un final gris y cerrado,
en pensamiento atrapado,
que mi imaginación viste.

Al fondo yace sellado
el umbral que me desvela,
con un secreto que apela
a mi cuerpo atormentado.

Imagino bien guardado
poder, perdón o agonía,
y paz que me salvaría
de este barro encadenado.

Pienso en gloria o en pecado;
cuántas posibilidades,
cuántas oportunidades,
frente a un sino firmado.

Me muestra mi cobardía,
desata mi imaginación;
veo mi baja condición
y falta de gallardía.

Cuando al fin, ya derrotado,
meto la llave y confío,
cede sin un desafío,
sin rugido ni llamado.

No hay monstruo ni milagro;
sólo encuentro mi osadía:
mi vida es lo que escondía,
el peso de lo vivido.

Y al fin veo, recogido,
con el pulso desarmado,
que no hay un juez designado,
es el corazón herido.

Es el juez más entendido
el que nos juzgará al final,
pues sabe el trayecto vital
y todo cuanto has perdido.

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