La loca

Pulsaba sobre mi mente
una pregunta incoherente.
Resonaba torpemente
repitiéndose insolente:
¿Por qué estoy aquí yo?
Y, mirando a mi derredor,
no encontraba el escollo
que me tenía en el corredor.

La camisa me forzaba,
con su triste indumentaria,
a mantenerme precaria
mientras él me alimentaba,
al tiempo que razonaba
respondiendo a mi pregunta,
que en el manicomio estaba
como una loca presunta.

Rugí rabia acalorada
por semejante noticia,
ya que no es una delicia
sentirse maniatada.

Y el enfermero, al notarlo,
viendo que ataque me daba
sin que pudiera evitarlo,
como a una loca me trataba.

Al reponerme un tanto
de la impresión recibida,
supe que estaba prohibida
la rebelión y el llanto,
porque allí, loco y cuerdo eran
juzgados por la apariencia,
aunque razones tuvieran
para rugir de impaciencia.

Maravillome esta verdad
al ver con ecuanimidad
la razón que le asistía
al tratarme como hacía.

Comprendí desazonada
que esto a todos nos pasa
cuando gritamos por nada
en manicomio o en casa.

Así nos ocurre siempre
cuando nos irrita algo,
que nos excitamos tanto
que locos estamos siempre.

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