En vitrina de luz fui contemplada,
orgullo de canela reluciente,
con muros que crujían dulcemente,
de blanca y leve nieve coronada.
Un ensueño de casita horneada,
con clavo y miel latiendo transparente,
lucía el glaseado refulgente,
como si fuese reina perfumada.
Con muros en dulce pan de jengibre;
mis vidrios, caramelo sonrosado
con rojos visillos tiernos de rubí,
lucía orgullosa en luz encendida.
Mis goznes, de nata fiel y apacible,
crujían con orgullo azucarado;
y un sol, que me bendecía desde allí,
refulgía en mi tejado perlado.
Con la nata como nieve soñada;
las torres, caramelo transparente;
y luz besando el glaseado ardiente,
que, clara, en cada almena se posaba.
Me alzaba ante miradas seductoras,
entorchada con dulce confitura,
creyéndome invencible en mi blancura,
eterna entre las risas tentadoras.
Guardaba en miel mis formas protectoras,
detalles, monumento en miniatura,
pensando que mi frágil hermosura
vencería bocas devoradoras.
Llegó una niña, pura primavera;
me alzó como quien toma un universo;
latí bajo su pulso leve y terso
soñando con ser casa verdadera.
Me observó, miró y admiró risueña,
como quien halla un reino en miniatura,
y alzó la voz con fingida ternura:
“¡Será mi hogar!”, murmuró la pequeña.
“Qué dulce fortaleza y qué hermosura”;
me habló de juegos, risas y villanos,
y que jugaríamos como hermanos.
“Serás mi hogar”, me dijo con dulzura.
“¡Ved mi casa!”, su voz fue luz primera.
“¡Qué torre tan nevada y presumida!”.
Y yo, de vanidad estremecida,
pensé que no sería nunca hoguera.
Me creí que nunca sería comida;
que siempre sería una soberana
y admirarían cual pieza artesana,
dulce de miel y canela fundida.
Guardé su risa leve en mis paredes,
crujientes como abrazos protectores;
tejí con miel dorada mis labores
de almenas, arcos, luces y mercedes.
Creí que era invencible entre las redes
de azúcar y festivos resplandores.
Pensé: seré refugio de colores,
eterno hogar que el tiempo no remede.
Mas vino el tiempo breve del banquete:
la mesa fue altar tibio y compartido;
un quiebre seco, hondo y estremecido;
niños en torno en mágica armonía.
Y, como postre, después del banquete,
la mesa se abrió en su geometría;
los platos aguardaban su alegría;
y el brillo del cuchillo fue jinete.
Primero fue un crujido en mi costado,
un golpe seco, hondo e inevitable;
mi torre, tan altiva y admirable,
cedió como un suspiro quebrantado.
Y muy pronto nada quedó amarrado:
la almena se quebró como suspiro;
sentí partirse en seco mi retiro;
y el muro deslizarse derramado.
Después, cayó mi techo azucarado;
la nata se rindió, suave y amable;
mi puerta fue bocado deleitable;
y el muro en mil migajas desfoliado.
Se rompió mi dulce pared vencida;
la nata fue en cucharas deshojada;
la entrada de carmín despedazada;
la puerta en mazapán quedó partida.
¡Cómo dolía cada despedida!
Sentía que arrancaban mi blancura,
que el filo me robaba la figura
que tanto presumí recién erguida.
¡Cómo dolía el dulce desmembrarme!
Sentí que rompían mi arquitectura,
que el filo destrozaba la blancura
que tanto me enseñaron a alabarme.
Pero vi sus ojos llenos de calor;
la risa compartida en torno mío;
la tibia comunión; el desafío
de transformarme en deseado sabor.
Entonces, comprendí, ya repartida,
que nunca fui palacio permanente;
mi gloria no era erguirme altivamente,
sino volverme abrazo en cada vida.
Me fueron destruyendo, convertida
en gesto compartido y transparente;
mi ruina fue banquete floreciente;
mi fin, semilla dulce y encendida.
Yo no soy ceniza fría en el mantel:
soy canela en la risa que perdura;
soy casa que al romperse se asegura
vivir más honda en cada trozo fiel.
Así acabé, crujiente y entregada
en dulce sacrificio cristalino.
Mi ruina fue el comienzo del camino
de amor que se comparte y no se guarda.
Y al fin supe, en mi forma ya vencida,
que el tiempo no destruye lo que se ama:
quien se reparte en luz, nunca se apaga,
pues vive en cada boca compartida.

