El muñeco de cuerda

Le dan cuerda y el muñeco
despierta, listo para actuar;
anda torpe, casi heroico,
dispuesto siempre a improvisar.

Se tambalea en dos pasos,
gira, tropieza, vuelve a ir;
los niños ríen sus fallos
y él se enorgullece al seguir.

Hace piruetas absurdas,
saluda al aire sin parar
con sus volteretas burdas
cuando logran su cuerda dar.

Giros que al muñeco inspiran:
salta, voltea, tropieza,
y entre las risas se tira
en menos que empieza.

Baila torpe, sin aciertos,
imita a un soldado peleón,
y le aplauden sus entuertos:
“¡más cuerda e imaginación!”.

Anda y anda sin cansarse,
pues nunca puede protestar,
y hasta que llegue a pararse,
él sigue como debe estar.

Mas cuando el fleje se agota,
queda sin magia ni compás:
un soldado de hojalata
inmóvil, parado sin más.

Porque, si el giro termina,
cae la energía de su andar,
su vitalidad declina
y queda quieto sin tardar.

Pronto, una mano impaciente
corre de nuevo a rescatar:
con la llave en el paciente
la gira y él vuelve a saltar.

Los demás corren al lado,
lo preparan para jugar:
dan cuerda por un costado
y él empieza a andar sin cesar.

De día juega a batallas,
de noche es piedra en su rincón;
mientras sueñan con medallas,
él guarda pausa y discreción.

Hasta que, sin un aviso,
el mecanismo quiere hablar:
un chasquido sin permiso,
que nadie logra descifrar.

Triste, la desgracia irrumpe:
tanto giró en su pobre ser
que un ruido sordo interrumpe
su dulce afán de complacer.

Saltan resortes tensados
que el fleje no va a controlar;
sus pasos quedan segados
y él ya nunca podrá bailar.

Roto el resorte y la cuerda,
se pierden sueños y valor.
De su esplendor nada queda,
ni el brillo tierno del dolor.

Guardan silencio y lo observan
como si fuera a despertar,
pero con el que jugaban
yace en el suelo sin jugar.

Los niños miran callados
y lloran lento alrededor;
aquel que antes fue su aliado
ya no alegra su corazón.

Lo sacuden y lo agitan
para intentarlo despertar
y entre lágrimas le gritan
furiosos por su desertar.

Cansados lo depositan,
temiendo que aumente el sufrir;
se apartan de él, mientras gritan,
lloran y claman su sentir.

Lo alejan con tristes ansias,
quietos, sin saber cómo actuar;
y lo despiden con “gracias,
fuiste un buen loco al batallar”.

En basura lo han de dejar,
pues ahora es un trasto inútil
con el que no se ha de jugar
porque muerto ya no es útil.

Su caja estará vacía,
guardando siempre en su interior
los juegos y monería
de aquel muñeco luchador.

Y, aunque no viva nunca más
ni vuelva a hacerlos carcajear,
revivirá en sus lágrimas,
donde no se puede oxidar.

Ellos volverán a jugar
y en su memoria durará,
aunque otro ocupe su lugar,
pues su ilusión no morirá.

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