Meto en el tostador del pan
una rebanada a tostar;
lo enciendo con un ademán
para empezar a comentar:
“Rechinas, vieja armadura,
sobre muelles del tostador;
te hinchas de fiebre madura,
como héroe abrasador”.
Dándose por aludida,
en lugar de mi tostador,
ella se burla ofendida,
como un galante retador:
“Crujo, si estoy bien tostada,
y me asomo cuando acaba,
con una breve llamada,
que a tanto apetito alaba”.
“Sales roja y encendida
del tostador cavernario;
sales tiesa y presumida,
como un galán temerario”.
“Oh, tostada ya tostada,
alhaja crujiente y vana,
saliste del pan quemada
y hoy te eriges soberana.
Rebanada coronada,
de algún horno panadero
fuiste harina manejada
antes de costar dinero.
Aunque estés tan bien dorada,
fuiste cruda y horneada;
te crees engalanada,
en lugar de estar quemada.
Crujes como viejo grillo
si te unto grasa fragante,
te crees trono amarillo
con su corona arrogante”.
“No te engañes, tú me adoras;
me morderás y besarás;
ponme galas correctoras
y el sabor nunca olvidarás.
Si me engrasas y acicalas,
pareceré muy sabrosa;
seré princesa con galas
y los besos de una esposa.
Y me saborearás con ganas,
como marquesa golosa
que quita hambre de mañanas
con un ansia de viciosa”.
“Yo te unto grasa sagrada,
mi mantequilla celestial;
te maquillo perfumada
en un fervoroso ritual.
Te hundo en la grasa amarilla
de mantequilla vegetal,
con barniz de muletilla,
en mejor pase natural”.
Mas la tostada responde,
irritada por mi porte,
con mordedura que esconde
un insulto de consorte.
“Más despacio, bruto hambriento,
que me embadurnas sin tino”,
dice su voz, con acento
de marquesa del tocino.
La dejo en mesa, callada,
para ir por la mermelada,
y mi codo, vil espada,
lanza una torpe estocada.
La abandono en mesa lisa,
para coger la compota,
y el codillo, sin premisa,
la propina una derrota.
Juré que sería fuerte,
que nada me iba a afectar,
pero observo a mi tostada
saltar, moverse y resbalar.
Oscila, reina amarilla,
sobre el borde traicionero,
mientras mi conciencia chilla:
“¡Sálvala, mal cocinero!”.
Se inclina lenta y untada,
dramática bailarina;
la tragedia está pactada
y baldosa le destina.
“Te meces lenta y grasienta,
como actriz en melodrama;
tu caída será violenta,
si el destino te reclama”.
Y, claro, cae del lado
que tiene la mantequilla.
La física es un villano
que lleva bata amarilla.
¡La cruel ley de Murphy manda!
No hay piedad ni diplomacia;
su manteca va en vanguardia
a besar su vil desgracia.
Se cae a cámara lenta,
como en una escena de acción;
mi mente gritando: “¡SIENTA!”
con exagerada pasión.
La tostada mira el suelo,
viendo lo que se avecina,
le advierte fiera en su duelo
y santigua al ver su ruina.
“Prepárate, soy manteca,
voy primera en ofensiva.
Si tu fea faz me ahueca,
daré un golpe, destructiva”.
¡Plof! suena su testamento,
cara abajo, ley maldita,
Murphy firma el documento,
mientras mi honor se marchita.
¡Plof! estampa su manteca
contra el suelo polvoriento;
la baldosa se le ahueca
con su lustro ceniciento.
“Te lo advertí, gran idiota,
no era yo quien resbalaba;
fue tu codo, fiel mascota,
quien mi gloria derribaba”.
“Hazte otra —dice mi mente—,
no seas bestia indecente”.
Mas mi estómago rugiente
da su fallo contundente:
“No importa, si está fundente:
la maquillas otro poco
con mermelada batiente
y no parecerá un coco.
¿Vas a hacerte otra tostada
o serás fiel caballero?”.
Su voz suena a bufonada
desde el suelo traicionero.
Dudo con cruel desconsuelo,
por mi hambre, en esta locura,
y acojo el triste señuelo,
escudado en mi tortura.
“No exageres, ¡qué teatro!
Cinco segundos, qué más dan”,
mi cerebro, vil beato,
me absuelve lleno de ansiedad.
Y, solícito y hambriento,
la recojo con cinismo,
soplo heroico movimiento
como cura en exorcismo.
La alzo de estos sucios mundos
con dignidad discutible;
la miro cinco segundos
con indecisión terrible.
“Un soplido y ya está limpia”,
digo con poca convicción.
Y mi mente, con malicia,
me declara su dimisión.
“Te miro, vil rebozada,
con pelusa en la mejilla,
pareces dama ultrajada
tras motín de mantequilla”.
En el centro, un hueco pilla
manteca en suelo varada;
como una reina arruinada
tras naufragio en mantequilla.
Vuelo polvo imaginario,
soplo épico y exagero,
quito un pelo temerario
con mi dedo justiciero.
Aliso su manto agrario
con un dedo cuidadoso,
acto casi funerario,
grotesco y ceremonioso.
“Yo te alzo con disimulo,
con gesto digno de un ladrón;
soplo polvo en torpe bulo,
como imagen en procesión”.
Y el pan, burlón, me responde:
“No me he roto en esta caída,
aunque el suelo me desfonde.
Límpiame de su barrida.
¡Qué noble tu hipocresía!
Me rescatas del baldío,
pero tu ética se enfría
si tu vientre pide lío.
Sopla más, que traigo polvo,
traigo historia y traigo inquina;
tu desidia cae en tropel,
como reina libertina”.
“¿Ves? no ha sido para tanto”,
me susurro complaciente,
aunque algún resto de espanto
me sacude displicente.
“Con el noble cuchillito,
que antes hizo el maquillaje,
vierto mi rojo apetito
con mi deshonra y ultraje.
Con cuchillo reincidente
te unto fresa redentora,
en roja capa indulgente,
que mi vergüenza evapora”.
“¡Pon más fresa, gran canalla!
Cubre bien mi desventura,
para que al comerme no haya
rastro vil de mi aventura.
Esa compota resbala,
mezcla fresa con baldosa;
mi impaciencia se desata,
mas tu hambre es poderosa.”
“Eres vil, eres cochino”,
me recrimina mi juicio.
“Calla ya, que es mi destino”,
respondo con sacrificio.
La mermelada resbala
sobre polvo imaginado;
mi cerebro ya no me habla,
mi apetito le ha ganado.
“Muerdo al fin tu faz manchada,
crujes como risa loca;
sabe a gloria azucarada
con un leve ‘algo’ en la boca”.
“¿Notas polvo, caballero?
¿Notas sombra en tu deleite?”.
Callo y mastico ligero,
como una actriz sin afeite.
Cierro ojos en farsa plena
y finjo un éxtasis triunfal,
mientras trago mi condena
con un placer casi ilegal.
“Brindemos —dice burlona—
por esa ética amaestrada,
que se pliega y no razona
si hay manteca entusiasmada”.
“Oh, tostada rescatada,
bufón épico y hambriento,
eres fresa y eres nada,
eres gloria y pavimento.
Si la risa me acompaña,
es por tu hazaña indecente,
pues la mesa fue montaña
y el suelo tu pretendiente”.
Come el guarro su vergüenza,
con manteca y mermelada,
y su moral le dispensa,
si su tripa está enfadada.
Y así acaba el desayuno,
entre risa y desvarío:
“ella en un triste embetuno;
yo, vencido como un crío”.

