Edad postrera

Con el alma serena
del que a la muerte llega,
me enfrentaré altanera,
sin congoja ni pena,
y le hablaré sincera
de lo que ella me niega.

Porque no me importa
ni su llegada artera,
ni la miro ansiosa
en la vejez postrera,
con la fiebre ardorosa
que mi andar acorta.

No temo a la muerte,
aunque a llevarme venga
para acabar mi pena.
La reclamo fuerte,
hasta que piedad tenga
y acabe mi condena.

La llamo con la fuerza
de la esperanza ciega,
porque acabe el suplicio
que al alma esfuerza
con tan gran cilicio
que la piedad reniega.

Pero la muerte añeja,
que sus garras me clava
y roe las entrañas
de ésta, mi carne vieja,
me mantiene esclava
con sus negras patrañas.

Y, a pesar de los ruegos
que entre achaques le hago,
con su vituperio,
a mis reproches ciegos
opone su imperio
de agridulces halagos.

¿No ves que soy vieja,
que la vida me pesa
en los cansados huesos,
y la existencia deja
su amargura espesa
de recuerdos aviesos?

Y, riéndose muy queda,
le contesta a mis quejas
con su cruel mordacidad:
“Aún tiempo te queda
que, aunque tengas mucha edad,
todavía no estás vieja…”.

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