Oda a las luces y las sombras

¡Oh luces altaneras, ciegos soles!,
herederas del trueno y relámpago,
que os giráis como los girasoles;
soberbio ojo vigilante y vástago,
que da al mundo fulgor y desatino
con vana fe de orfebre peregrino.

Vestís de oro los vicios y los roles.
¿No sabéis que la verdad se esconde
bajo un manto de penumbra en crisoles?
¿Qué verdad buscáis si no os responde?
¿Qué sabéis del misterio que condena
la claridad que miente y que envenena?

Burlonas de la forma y del contorno,
brilláis con un brillo de artificio.
Sois como razón disuelta en su entorno,
modesta sombra sin ningún oficio,
perfume de culpa que se disuelve
y ríe del candil que la devuelve.

Siempre a los pies de todo lo que existe,
con humildad hasta alcanzar sus bordes,
en fingido funeral que aún persiste
y elegancia teatral en sus acordes.
Hundidas en ocultos pensamientos,
recogéis su temblor y sus sustentos.

En la mágica comedia del mundo,
sois una diosa que alumbra el sentido.
Sombras, maestras del callar más profundo,
muda ironía en rincón consentido.
Vosotras sois la escuela del sosiego
que quiso incendiar el día con fuego.

En vuestro reino muere el necio mundo
quemándose en su ironía sin labios.
Sois mágico trajín de vagabundo
que dice en un rincón consejos sabios:
¡Qué dulce es ignorar cuando la mente
se aleja de su noche lentamente!

Mas todo es comedia y sonrisa oscura,
jugando a eternizar su breve guerra;
la una, predica fe, la otra, censura,
y ambas se disputan la misma tierra.
¡Qué vanidad la de iluminar todo;
qué delicia oscurecer su acomodo!

Somos como lámparas asustadas
luciendo intensos antes de fundirnos
en danza eterna de luces usadas,
que, al cesar, en abismo nos hundimos.
¡Gran teatro, lugar donde el ser humano
se quema por brillar un rato en vano!

Aun así, cuando la noche bosteza
y el medroso sol se esconde entre cerros,
borracho de sí mismo y su grandeza,
las sombras abandonan sus destierros,
desperezan con una carcajada,
y susurran su contrición ajada.

Al fin, ni luz ni sombra son victoria:
la una, promete, la otra, desengaña.
La luz inventa el mito de la gloria;
la sombra cura el mal con su guadaña.
Y yo, que os canto, sé, por ironía,
que el brillo y la tiniebla son poesía.

¡Oh luces!, tan puras en apariencia,
tan buenas vendedoras de consuelo.
¡Oh sombras!, con mentirosa demencia,
cómodas en su duda y desconsuelo,
tan irresistibles en el engaño,
donde el bien o el mal son como un extraño.

En la vida sólo hay luces y sombras,
unas veces alegres, otras tristes;
efímera cabalgata que nombras,
sazonada con aburridos chistes.
En la luz, alegría y mendicidad;
en la sombra, su triste mediocridad.

¿Dormir en el lado oscuro del alma,
donde la luz no llega pero sueña,
o en lo brillante que nos quema y calma
aunque, sin sentir, del alma se adueña?
Que las luces y sombras me perdonen,
mas ninguna de las dos me coronen.

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