Fábula de la gaviota y las normas

Bajo el peso de unas normas rígidas,
la bandada iniciaba su costumbre:
volar, lanzarse y zambullir con hambre,
sin considerar que son insípidas.

En un gris ceremonial de alba fría,
la bandada empezaba su rutina:
volar, caer, comer. Ley repetida:
vivir sin cambiar lo que ya existía.

Mas una superó su conformismo
para alcanzar su potencial personal.
Con un comportamiento muy inusual
cambió la estupidez por heroísmo.

Ella escuchó en el viento una llamada
que no hablaba del hambre ni del vuelo;
era un latido ansioso, antiguo anhelo,
de mejorar la norma establecida.

Mientras las demás contaban mañanas
en presas y marejadas mezquinas,
su latir despertó al mundo de inquinas
de un ave por no aceptar leyes vanas.

Con espuma de mar en la pupila,
rasgó el aire con giros imposibles.
No ansiaba pez ni restos comestibles,
era el vértigo que vida destila.

Planeó con piruetas imposibles,
hizo clavadas dignas de un abismo,
y halló en cada fracaso el catecismo
que forja a espíritus indomables.

Las otras cumplían con su jornada,
con migas, gritos, puertos y mareas;
mas ella medía el mundo en ideas,
como quien nunca acepta estar atada.

Buscaba ángulos puros en el viento,
en velocidades de relámpago,
y hallaba en cada error un nuevo hallazgo,
que afinaba más su vuelo y talento.

“Eso no es volar —graznó la costumbre—;
el cielo existe sólo para el pico”.
“Esto no es vida”, pensó lo inaudito,
y enfrentó su fe a esta servidumbre.

“¿Eso es vuelo? —preguntó la tradición—.
El vuelo es para comer solamente”.
“Mas no es vivir”, dijo la disidente
al tensar sus alas en contra del sol.

La dijeron ser blasfema del orden,
ser la ruptura del mandato ancestral;
y la expulsaron del rito comunal
por decidir que incitaba al desorden.

Donde el miedo se adora como a un dios;
donde la norma es su sancta sanctorum;
si ningún rebelde consigue un cuórum,
la costumbre por siempre le dirá adiós.

La acusaron de loca y de arrogante;
de romper el sagrado reglamento;
y expulsaron del círculo y momento
con norma disfrazada de gigante.

Pues, transgredir y quebrar cualquier norma
o romper vínculos establecidos
y hábitos que hayan sido transmitidos,
es anatema que la ley trastorna.

Se fue al exilio azul sola y herida,
con lágrimas saladas sobre el pecho;
pero el azul, que nunca pone techo,
le ofreció integridad y nueva vida.

Sin coro ni norma o aplauso ajeno,
repitió cada fallo hasta aprenderlo;
cada caída fue un mapa del cielo;
cada herida, una escuela contra el freno.

Marchó a su destierro sola y quebrada;
con sal en los ojos, fe en la herida;
pero el cielo, que no juzga la vida,
le regaló su inmensidad alada.

Allí, sin templo, alabanza o sentencia,
insistió en cada error hasta entenderlo;
cada fallo fue su verbo en el cielo;
cada cicatriz, acto de conciencia.

Venció al temor del límite y del tiempo;
curó su vértigo, pulso y frontera.
Su ala escribió ecuaciones en la esfera,
donde el alma se prueba en su argumento.

Superó la ley del tiempo y la carne;
atravesó el umbral del pensamiento.
Su ala rezó plegarias en el viento,
donde cada ser se quema y rehace.

Halló otras exiliadas del rebaño:
viejas por no callar, jóvenes por ver
y sabias por negarse a obedecer
la cómoda obediencia del engaño.

Descubrió otras gaviotas marginadas:
viejas por edad, jóvenes por soñar,
sabias por querer algo para evitar
la estupidez cómoda y aceptada.

Eran guías, pero nadie las siguió,
porque enseñaban dudas, no consuelo;
estaban expulsadas por su celo,
por explicar cómo el mundo se durmió.

Maestras a las que ninguno escuchó
al cuestionar todo sin sus consignas.
Estaban desterradas por las mismas
razones que al mundo siempre le dolió.

Aprendió que vivir no es en bandada,
que la libertad no pide permiso,
que el espacio y el tiempo son un friso
que el espíritu rompe en su mirada.

Comprendió que el amor no es pertenencia,
que la fe ni se hereda ni se impone,
que al espíritu nada se antepone
cuando el miedo se enfrenta a la conciencia.

Subió más allá de cumbres y de signo,
donde el ala ya no pesa ni sangra;
allí supo que el futuro se labra
desobedeciendo al ayer indigno.

Se alejó de cualquier posible norma,
donde volar es libre y ya no duele;
y entendió que el futuro no envejece
para aquel que se atreve y se transforma.

Pero miró hacia atrás y fue condena:
vio a las otras sumisas a la norma,
creyendo que sobrevivir es forma
de no arder y sobrellevar su pena.

Regresó; y el regreso fue un martirio,
porque enseñarlas fue volver a sangrar;
nadie escucha al que desea demostrar
que la sumisión sólo es un delirio.

Su vuelta se convirtió en crucifixión;
hacerse entender fue volver a morir;
nadie quiere oír a quien osa decir
que su jaula es mental, no la creación.

Sus congéneres estaban cautivos,
rehenes de una cómoda estupidez
que las normas imponen con avidez,
sin explotar su potencial y activos.

La gritaron: traidora, impía, hereje;
la escupieron doctrina, ley y dogma;
pero las enseñó a romper la norma
con su paciencia, ternura y coraje.

La censuraron por su rebeldía;
reprocharon acción, ideas y fe;
pero ella las demostró, sin imponer,
que novedad también es teología.

No las prometió victorias ni poder,
ni libertad, gloria o una salvación;
sólo el derecho a elegir su ascensión,
aunque el precio sea no pertenecer.

No las convenció con falsa oratoria,
sólo con derecho a volar más allá.
Dijo: “Fracasar también es avanzar,
si tu rumbo lo elige la memoria”.

Y, una a una, las alas marginadas
encontraron una fuerza escondida;
y aprendieron qué normas en la vida
son una jaula mental enquistada.

Y, aunque no todas eran rechazadas,
ante su dedicación se rindieron.
Sólo unas la siguieron, y aprendieron
que eran presas de una fe mal dictada.

Las demás prosiguieron indecisas,
porque ser un profeta está mal visto,
y cambiar las normas está previsto
que debe intranquilizar las sonrisas.

Ya se sabe que vale más lo malo
conocido, que lo bueno a conocer.
A unos, la comodidad es regalo
y, a otros, nada debe prevalecer.

Pues el alma, como ala verdadera,
no existe para el miedo ni el rebaño;
nació para romper normas y engaño,
aunque duela y aunque nadie lo quiera.

Porque el ser, aunque su sed lo disuelva,
busca su conocimiento y libertad,
hasta que lo olvida todo por la edad
o comodidad que nada resuelva.

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