Llama del alma, grito de libertad

Luz que en la sombra se despliega,
brillante en justa inmensidad,
sólo el poder que al hombre ciega
teme al fulgor de tu bondad.

Beso la luz, beso el destino
sin afrenta a mi dignidad;
soy libre en mi propio camino,
libre para la eternidad.

Libertad, divino tesoro,
llama encendida en tempestad,
que apacigua tiranía y desdoro,
por siempre fiel a la verdad.

Rompe grilletes, dame vida
no uncida a la potestad
de una esclavitud fementida;
que pueda gritar ¡libertad!

Alzo mi voz sobre el camino,
hambriento de esta libertad.
Vuela su espíritu divino,
que rompe silencio y verdad.

No hay fe más pura ni más cierta
que ser del alma capitán,
preferir el riesgo en la puerta
a un mundo muerto y sin afán.

Te amo, aunque seas mi tormento,
mi amargura, rabia y verdad;
eres la voz que siempre aliento,
risa y suplicio sin piedad.

Te llevo muy dentro, en la sangre,
formando parte de mi ser.
Me devoras como un enjambre
cuando llega el atardecer.

No hay dios ni rey que te someta;
tu sombra es mi serenidad,
fe que se alza, pura y completa,
como una flor en soledad.

No hay muro, yugo ni cadena,
que al alma libre detenga;
aunque de mi ser brote pena,
que al viento aprese en arenga.

Si el dolor se cobra mi duelo,
no he de temer la oscuridad.
Mi voz se elevará hasta el cielo,
pues mi vida es tu eternidad.

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