De flor en flor se agita el colibrí
con rápido aleteo en frenesí.
Bebe su néctar, beso matinal,
y lo apura hasta alcanzar su final.
Luce en su pecho verde y carmesí,
cuando en el aire vuela para sí;
bate sus alas, vibra sin cesar,
como vuela una plegaria al rezar.
Teje el nido, ligero como el tul,
bajo una hoja, al filo del azul;
con telarañas, musgo y algodón,
guarda sus sueños de procreación.
Zumban sus alas al aletear,
como las abejas al campear;
busca a su hembra entre flores de azahar,
y en pleno vuelo la va a cortejar.
Nacen sus crías, perlas de color,
y abren al día su tímido ardor;
ella las cuida, él ronda su alhelí,
duende del aire, dulce colibrí.
Y quien los mira siente que, al vivir,
hay alegre esperanza en su latir;
pues su alegría y su breve existir
consigue del alma su resurgir.

