El tiempo dormido

El tiempo es un jardín siempre absorbente,
donde el ayer perece marchitado;
sus pétalos susurran lo olvidado
con voz de musgo viejo y persistente.

Transcurre, adhiere y funde el pavimento,
igual que la magnolia mortuoria,
cuando sus raíces devoran la historia
en la pulsación febril del cemento.

La ciudad es un bosque de ceniza
donde el tiempo gotea en las farolas;
las horas son los mendigos que, a solas,
mastican su luz de herrumbe enfermiza.

Mi sombra, como un perro, se eterniza
oliendo antiguas aguas en farolas,
portales, jardineras y amapolas,
del sueño que la pesadilla riza.

Camino entre sus sombras, cual vidente,
con un reloj de arena entrelazado,
donde los granos caen como un dado
que apuesta el alma al polvo indiferente.

La tarde es un espejo que agoniza;
me nombra con la luz que se deslía,
con sombras que cada día desvía,
igual que un pan el hambre me suaviza.

El anochecer, con pulso vegetal,
late en los charcos, sueña en el cemento.
En su claroscuro, es cada momento
como un liquen obstinado y visceral.

La noche es copa de alquitrán sediento,
que bebo en avenidas sin memoria;
los semáforos rezan con euforia,
como avisos luminosos del viento.

Sueñan relojes rotos en portales,
llenos de polen y óxido en las venas,
que en sus segunderos hacen escenas
y sangran calendarios siderales.

En lo doméstico, comida y cenas,
crecen lirios con sombras espectrales,
como alegres fantasmas sepulcrales,
que florecen con su culpa y sus penas.

Y en lo normal, un gesto, una vajilla,
la vida es como ese árbol que se enfría
y despacio se pudre cada día,
soñando ser raíz mientras vacila.

En los gestos mínimos, risa, aliento,
la vida es como una planta magistral,
que florece arrebatada por mistral,
hasta que aprende a pudrirse en el viento.

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