Mañana, tarde y noche en un piso

Por la mañana,
el sol asoma en un tímido amanecer,
su tibia luz se alarga sobre el piso,
que la oscuridad intenta revolver,
revelando cada grieta sobre el friso,
recordándonos que incluso un piso
oculta cicatrices que hay que resolver.

Se cuela entre persianas oxidadas
y su luz se filtra como un suspiro,
pinta las paredes con sus sombras largas,
acaricia rincones con dedos de oro,
se desliza por la ventana, tímido,
susurrando esperanzas renovadas.

Las sombras bailan con timidez amante
en los rincones del piso frío, callado,
y el despertador suena con mal talante,
desvelando el sueño que nos ha atrapado,
en espera de oír el primer paso dado,
como viajero en un andén trepidante.

Mientras se escucha el ritual del café,
como dudas en la mente de un sabio,
tintineo al mover la cuchara sin fe,
con un gesto dormido lleno de agravio,
y pequeña gota que cuelga del labio
antes de que apuremos nuestro café.

Por la tarde,
el sol se desliza entre antenas y cables,
se acomoda en los bordes de los cristales,
la luz se espesa con historias amables,
como labios besando zonas vitales
o caricias amantes en los vitrales
rozando la piel desnuda, implacables.

La ciudad gruñe desaforada afuera,
y el aire se empaña y vuelve cálido,
mientras nos cuenta una historia cualquiera
y cada pared guarda ese sol pálido,
con risas ocultas de un eco perdido,
mientras languidece de esta manera.

La luz muere mientras la tarde alza el vuelo
con perfume de abrazos que no se agotan.
Y las risas se reflejan en el suelo,
en baldosas que sienten que las azotan
con botas, tacones y sueños que agotan,
como testigos mudos del desconsuelo.

Las sombras se alargan y parecen fantasmas,
como miles de recuerdos persistentes,
pensamientos escondidos en miasmas,
con peso de decisiones existentes,
que son opiniones siempre disidentes
y silencios sin repuestas entusiastas.

Por la noche,
cuando el sol se apaga y la negrura reina,
las luces de neón pintan sus reflejos
y sólo queda el murmullo que los peina,
con eco de voces de días añejos,
en un piso lleno de pesares viejos,
que antaño vibraron de plenitud llena.

Ahora, medita sobre sus propias huellas,
sabiendo que amanecerá otro día
y su claridad silenciará querellas
de las que la oscura noche pendía
con pesadillas de una mente pedida,
que se convertirán en polvo de estrellas.

Los pasos resuenan con ecos lejanos,
susurrados en los encuentros furtivos,
testigos mudos de quehaceres mundanos,
que guardan latidos de los seres vivos
que dejan su huella en gestos esquivos
o abrazos vividos en tiempos cercanos.

Maderas que crujen con viejos recuerdos,
suspiro sin pausa que el silencio rompe,
cómplices eternos de los desacuerdos
bajo el manto estrellado que nos corrompe
y se enreda en los recuerdos que no rompe
para llegar a conseguir sus acuerdos.

En silencio, los pasos se tornan lentos;
en la oscuridad, los murmullos se apagan,
la estancia cruje con gritos violentos
y las pasiones se desatan y amargan
con los viejos inquilinos que amagan
resucitar huellas de noches de cuento.

El silencio se extiende, implacable
y el piso, testigo de días y noches,
guarda cada recuerdo inmemorable,
como un diario sin páginas fantoches,
con un corazón que le sirve de broche
y guarda cada latido reprobable.

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